Buscando a Cero

La editorial Biblioteca Buridán ha publicado recientemente la traducción española de Finding Zero, cifra tan exótica como Nemo pero algo más rechoncha que el escuálido secundario de Dori. Y es que hace dos años se publicó el descubrimiento del cero más antiguo jamás leído. Amir Aczel, el matemático responsable del hallazgo, es también arqueólogo y nos brinda una nueva entrega de Indiana Jones en forma de sus memorias investigativas con final feliz. Pocos ingredientes le faltan: persecución de una pista de un académico francés que encontró en 1931 una tabla con un cero escrito en lengua jemer y catalogó como K-127, extravío de esa tablilla de Angkor Wat con dictadores camboyanos sanguinarios de por medio, viajes a lo más profundo de las antiguas culturas sudasiáticas, y un protagonista escurridizo y casi invisible: el cero, esa institución que se les escapó a las civilizaciones más populares de nuestros libros de historia.

En efecto, no queda constancia de que el ejército de agrimensores egipcios necesitara hacer uso del cero en sus mediciones, pese a la importancia del sector: cuenta El libro de los muertos que en el Antiguo Egipto, justo tras haber fallecido, cada persona debía jurar ante los dioses que nunca en vida se apropiaron indebidamente de la tierra de ningún vecino. De constatarse lo contrario, su corazón sería arrojado a las finding-0fauces de una bestia indescriptible llamada El Devorador. El agrimensor egipcio era bien capaz, aun sin ceros, de esclarecer dudas y acusar a los violadores del terruño como jamás pudo hacer el perseguido K. de El Castillo.

Algo parecido ocurrió con la admirada civilización griega, que consiguió desarrollar sus conocimientos geométricos y matemáticos evitando en todo momento toparse de bruces con la necesidad del cero. Salvando, quizá, algunos casos como la paradoja de Aquiles y la Tortuga enunciada por Zenón, que no pudo ser resuelta pese a que todos vieran en ella un imposible disparate. Y es que las nociones de infinito y, sobre todo, vacío, no eran compatibles con su floreciente sistema de pensamiento.

Los palitroques romanos tampoco contemplaban la posibilidad del cero. Su calendario no lo incluía, y ello tiene consecuencias inmediatas que perduran hasta nuestros días: nos ha tocado aceptar una convención errónea en lo que a las fechas se refiere. Jesucristo nació en el Anno Domini, año 1 d.C., puesto que el año cero jamás existió. Claro que si quisiéramos ahondar en nuestra angustia de huérfanos de marco temporal en firme también se podría hablar de Dionisio el Exiguo, monje encargado de decidir en qué año vivimos actualmente. En su época, dos calendarios marcaban la sucesión de los años; uno ubicaba el origen de los tiempos en la fundación de Roma, el otro en el inicio del reinado de Diocleciano. El exiguo Dionisio decidió que ninguno de estos dos eventos eran merecedores de tal premio y, desde su monasterio, buscó la fecha exacta del nacimiento de Cristo: justo 525 años atrás.dionisio_exiguo

Si ya con la ausencia del cero el cambio de milenio debía haberse celebrado el 1 de enero de 2001 y no de 2000, la falta de una documentación adecuada en su monasterio impidió que Dionisio acertara con el año de nacimiento de Jesucristo: las teorías más recientes y respetadas lo datan en el año 4, 5 o 6 a.C. Todas las fechas quedan así desbaratadas.

Volviendo a nuestra estimada cifra nula: el primer cero del que tenemos constancia se relaciona con la cultura babilónica, tanto en su calendario como en la necesidad de encontrar un elemento que cambiara el valor de un mismo símbolo en columnas diferentes de un ábaco. Charles Seife, en su libro sobre la historia de este número, sugiere que fue Alejandro Magno quien transportó el cero desde Babilonia hasta el sudeste asiático, donde su impacto y difusión fue mayor. Y es que en las culturas hindúes el cero y sus contradicciones no chocaban con sus principios religiosos o filosóficos. Antes bien, fueron útiles para que en la India integraran en su identidad cultural y desarrollaran ulteriormente principios como el vacío o el infinito, y proliferaran como en casi ninguna parte filósofos y matemáticos destinados a cambiar sustancialmente la vida del ser humano.

Como otras religiones de Oriente, el hinduismo se fundamentaba sobre una dualidad simbólica. Al ying y el yang del Extremo Oriente o al bien y el mal de Zoroastro se acerca la visión hindú de creación y destrucción como partes de una misma moneda encarnada en Shiva. De esta deidad llama la atención no solamente que se le represente con casi infinitas y diferentes formas, sino que una de ellas, ‘Nishkala Shiva’, sea la forma sin forma, la “formless form of Sivalinga”.

Así pues, las culturas hindúes, interesadas y atraídas por el concepto del vacío, aceptaron el cero. E incluso lo perfeccionaron, transformándolo de mero marcador posicional a número hecho y derecho con todas sus consecuencias. Además, modificaron el sistema sextadecimal babilónico por el decimal que pervive hasta nuestros días; el matemático Brahmagupta descubre (¿o inventa?) las propiedades aritméticas en el siglo VII; Bhaskara, en cambio, investiga la posibilidad de dividir cualquier número por cero en el siglo XII.

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         Algoristas vs abacistas

Algunas otras curiosidades: los árabes, dominadores durante sus años de mayor esplendor de medio mundo -de India a Ciudad Real-, fueron capaces de tomar lo mejor de cada civilización conquistada y difundir conocimientos y tecnologías por todos los rincones de su vasto territorio. En lo que a matemáticas se refiere, puede citarse al señor Al-jabr wal muqabala, quien escribió un tratado sobre ecuaciones elementales. Eso y el álgebra son desde entonces todo uno.

Más: Grecia, que introdujo el cero en su calendario por influencia babilónica pero que aparentemente ignoró su significado y consecuencias hasta que la malvada Troika subrayó en rojo la existencia de números negativos y el principio de vacío en la amenaza de bancarrota, eligió la letra omicron (o) para representarlo por ser la primera grafía de ouden, cuyo significado en griego es nada.

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                          Los mayas y sus números personificados

Otra: los indios denominaron al cero sunya (o shunya), que en sánscrito significa vacío. Los árabes probablemente transformaron ese término en sifr. Se dice que, por consonancia latina -fenómeno quizá localizable en la península ibérica- sifr se convirtió en zephirus, y de ahí a cero. Otros matemáticos, sin embargo, tomaron un camino distinto y llamaron al cero directamente cifra, origen del cipher inglés. Talmente importante era el cero en la nueva serie numérica que se extendió el significado de cifra -cero- a todos los números, motivando la acuñación del término francés chiffre, dígito.

Al mismo tiempo que los griegos elegían una forma redonda de representación para el cero, también proponían sistemas armónicos circulares para evitar afrontar un sistema lineal que  implicara un vacío previo a su inicio y un devenir infinito. Como defendería en algún momento Descartes, ningún objeto puede moverse en línea recta puesto que, de hacerlo, dejaría un vacío tras de sí: dentro de esa circularidad un cuidado jardín podría habitarse en el que todo pudiera ser medido, controlado y explicado, y esa muralla podría proteger el interior de una otridad desconcertante. Sin embargo, en algún momento algo debió de torcerse y la burbuja se agrietó. “Aun encerrado en una cáscara de nuez me tendría por rey del espacio infinito, si no fuera porque tengo pesadillas”, dice Hamlet, y la luz hindú se torna modernidad occidental.

Como un paseo cartesiano, este recorrido debe inexorablemente acabar donde empezó: con la historia de Amir Aczel, fallecido pocos meses después de terminar sus memorias. En ellas explica con pasión por qué el cero es tan importante para la humanidad como lo fue para él su búsqueda, prioridad que marcó su vida entera. Lean el libro y regálenmelo, que aquí no llega en su versión traducida y quiero leerlo también.

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Los jainistas y Pitágoras

Hace tres años recuerdo que degusté una fantástica comida kosher en un vuelo de Boston a Seattle aprovechando la oportunidad que brindaba la aerolínea, en el momento de la reserva, de elegir el tipo de menú deseado. Gracias a la compañía india JetAirways, la gastronomía de otra cultura se cruzó en mi camino por culpa de Céline, mi compañera de viaje. En efecto, nos reunimos una tarde para comprar los vuelos y decidir en qué hostales nos quedaríamos; pocas horas antes, le había yo robado dos rotuladores de pizarra en la universidad, y Céline pensó en sacar partido de la amplia oferta gastronómica que ofrecía JetAirways reservando para mi asiento el menú más raro que encontrara: “a Jain meal”. Ni Céline ni yo sabíamos en qué consistía ese tipo de comida, pero ella estaba convencida de que me quedaría con más hambre que cualquier otro pasajero del avión y se daba por satisfecha en su persecución del restablecimiento de la justicia entre nosotros.

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                                     Hola Jainismo

Unos días antes de despegar de Chennai me encontré con un extraño artículo que destacaba el índice de alfabetización de la minoría jainista como el más elevado entre todas las mayorías o minorías religiosas de India. Este dato activó mi curiosidad y me lancé a investigar acerca de su comida; descubrí que los seguidores de esta religión tienen como principio fundamental evitar ejercer violencia contra cualquier ser vivo; una consecuencia de ello es que todos los jainistas son veganos. Sin embargo, una particularidad más llama la atención de entre sus costumbres gastronómicas: los seguidores de este credo consideran también seres vivos a los tubérculos y otros cuerpos que crecen debajo de la tierra. Zanahorias, patatas, etc. no pueden ser comidas a causa de la capacidad de estas hortalizas de seguir creciendo aun después de arrancadas del suelo. La venganza de Céline había dado sus frutos: JetAirways me facilitaría, con toda probabilidad, una bandeja con medio tomate, un plátano y, con suerte, un plato de arroz blanco. Una retorcida posibilidad me llenaba de esperanza y pánico a la vez: nuestro vuelo era nocturno, y los jainistas tienen prohibido comer tras la puesta de sol. ¿Sería acaso mi menú la ausencia del mismo? ¿Decidirían romper las reglas del todo y, por ser de noche, saltarse también el resto de restricciones? Céline, desde luego, había dado en el blanco.

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El viaje transcurrió con cierta normalidad: llegamos a Varanasi (o Benarés) y nos sumergimos en sus ritos funerarios a pie del Ganges guiados por un Babaji que decidió enseñarnos todo a cambio de un kilo de arroz; seguimos con la visita a una menos espiritual y mucho más capitalista Agra, donde sus maravillas mongoles deslumbran a cada uno de los miles de turistas que pasan por ahí cada día; y terminamos en Jaipur, ciudad en la que nos encontramos, paseando por una avenida, a un elefante con su jinete, y, visitando su deslumbrante Palacio Real, a una pareja de monjes jainistas.

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                                                       Babaji y Céline

Durante todo el viaje había estado yo quejándome de que, en los últimos 5 días, cada quince minutos algún indio quisiera hacerse una foto con nosotros (o, más bien, con Céline). Se acercaban, sonreían, nos enseñaban su móvil, se colocaban en posición, disparaban un selfie. Ahora era mi turno. Ahí estaba yo, sin prestar atención a lo que Céline me decía, ni ante lo que Céline se detenía en el interior del palacio: solo tenía ojos y pasos para los ágiles monjes que, vestidos completamente de blanco, llevaban un ritmo mucho más elevado que el resto de visitantes. La persecución duró 10 minutos en los que no tuve la valentía para pedirles que me permitieran hacerles algunas preguntas o fotografiarme con ellos. Finalmente, cuando salieron del palacio y se detuvieron un segundo, aproveché y puse en práctica el movimiento que había sufrido durante tantas y tantas veces desde que llegué a India: “Hello, excuse me, are you Jain monks?”

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                                                                     Ojos cerrados no matan moscas

El principio de no-violencia que domina todo su sistema de pensamiento no solamente afecta a los alimentos que consumen. Cuando los vi, tal y como había leído anteriormente, constaté que ambos monjes llevaban unas máscaras bastante aparatosas cuya función era impedir que, con el acelerado movimiento de sus pasos, ningún ser animado pudiera morir accidentalmente tragado por alguna de sus bocas. Debido a esa máscara, apenas pude entender lo que me contaron.

Esta religión, tan remota aparentemente, no estuvo lejos de penetrar en Occidente en el siglo VI a.C. de manos de Pitágoras. Más conocido por sus armonías universales, los números o su teorema patentado, el filósofo griego fue también sacerdote, y los jainistas se declaran principal influencia y fuente de inspiración del credo pitagórico. De hecho, Pitágoras creía, como los jainistas e hindúes, en la reencarnación; en una ocasión, al ver a un conciudadano golpeando a su perro, le gritó que dejara de hacerlo, puesto que reconocía en el ladrido del animal la voz de un amigo de otra vida (el pensador de Samos era famoso por recordar sus vidas pasadas, en especial su reencarnación en Euforbo, un héroe troyano). Asimismo, fue famoso por ser uno de los más populares ascetas precristianos en cuyo pensamiento el sacrificio y la culpa cumplen un papel fundamental (“Las fatigas son buenas y los placeres son malas en todo caso, pues al haber venido como castigo debemos ser castigados”). A todos sus seguidores exigió un voto de silencio (que podía durar hasta 7 años) para entrar en la secta, frugalidad en el dormir y el comer, y, a los más devotos, prohibió el consumo de carne siguiendo la costumbre jainista.

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Los seguidores de Pitágoras se multiplicaron en Crotona y todo el sur de la península itálica, y llegaron a tomar el poder y gestionar algunas ciudades de esa zona. De hecho, el pitagorismo bien hubiera podido difundirse por todo Occidente y, quién sabe, igual haber pervivido hasta nuestros días, tal y como ha conseguido el Jainismo. De igual modo que en la religión oriental, el principio de no-violencia entre seres vivos y la creencia en la reencarnación eran fundamentales también para Pitágoras.

Una particularidad fue la que acabó con la tradición pitagórica: la casi legendaria muerte de su fundador. Para Pitágoras, uno de los principales motivos que enfermaban al ser humano eran las flatulencias; por ello, las habas blancas estaban tan prohibidas como el consumo de carne animal (por eso y porque, denunciaba Pitágoras, las habas parecían genitales masculinos). Habiendo alcanzado un poder nada desdeñable en el sur de Italia, a los pitagóricos se les enfrentaron peligrosos enemigos, y en una ocasión, cuentan Jámblico y Diógenes Laercio en sus biografías del maestro, Pitágoras tuvo que huir de su ciudad ante tal amenaza. Perseguido por numerosos soldados, corrió a campo abierto y seguramente habría sobrevivido de no ser porque se topó con un campo de habas florecientes en su camino. En cuanto se percató, se detuvo en seco y afirmó que habría preferido la muerte antes que introducirse en semejante campo sembrado. Así fue como le alcanzaron y le dieron muerte a él y a muchos de sus seguidores. Poco después los pitagóricos perderían su importancia como colectivo y desaparecerían definitivamente algunos años más tarde.

Si las habas fueron el talón de Aquiles de Pitágoras, nada detuvo a los jainistas, que perviven desde hace siglos diseminados por India y a los que, se dice, los diferentes imperios invasores respetaron por la manera humilde y cordial que siempre mostraron en sociedad. Un respeto que, en ultimo término, olvidaron los asistentes de vuelo de JetAirways: ya de vuelta de Jaipur destino Chennai, en mi vuelo pude disfrutar de una bandeja de pollo con arroz al curry para decepción de Céline.

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                                                                 Pitágoras y las habas

O tempora! O mores! En busca de la ciudad ideal

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Aprovechando que las temperaturas todavía permitían viajar cómodamente por India, me decidí a salir de Chennai en autobús hacia Pondicherry, a unos 130 kilómetros al sur. El viaje tenía como objetivo visitar Auroville, localidad a 10 minutos de Pondicherry y de gran interés: se trata del último gran proyecto a nivel internacional de fundación y desarrollo de una ciudad ideal.

Una experiencia y una lectura se encargaron de ponerme a punto para el viaje. Más o menos a mediodía conseguí, después de varios intentos frustrados por la concentración de viajeros en los autobuses, colarme en uno de ellos. Mi casa está al sur IMG-20160123-WA0004de Chennai, por lo que los autobuses, cuando pasan por allí, suelen ir ya bastante llenos. El viaje se convirtió en una odisea de tres horas en un autobús sin aire acondicionado ni ventanas, de pie y sin posibilidades de movimiento a causa de la muchedumbre que me rodeaba. Durante los primeros kilómetros, dos adolescentes iban incluso agarrados por fuera del autobús (que, dicho sea de paso, solamente cierra sus puertas cuando abandona las zonas urbanas y aumenta su velocidad).

Yo estaba de pie junto a dos asientos, y la masa de mi alrededor me presionaba inocentemente contra las dos señoras que los ocupaban. La cabeza de la señora del asiento de ‘pasillo’ estaba justo a la altura de mi cadera, por lo que rotar mi cuerpo en cualquier dirección se hacía extremadamente incómodo (la señorona, con saree, unos cincuenta años y que transmitía gran respetabilidad, me fulminaba con la mirada cada vez que la presión de la masa me hacía siquiera mínimamente rozarla). Sentadas frente a las dos señoras, una madre y sus dos hijas viajaban más o menos cómodamente hasta que, de tanto girar bruscamente el autobús (y golpear mi cadera a mi archienemiga), primero la niña pequeña y luego la mayor empezaron a vomitar sin tregua. Supongo que entre el sudor y los vómitos las dos niñas perdieron una parte considerable de su volumen en este viaje.

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                                    Niñas y Señorona

Solamente dos días antes había leído la novela de Julio Verne Los quinientos millones de la Begún. En ella se relata la historia del Doctor Sarrasin, quien, en el Cuarto Congreso Internacional de Higiene en Londres, y gracias a una enorme herencia, plantea su intención de crear una nueva ciudad que combata la insalubridad y la injusticia; un lugar donde la ciencia y el bienestar sean la prioridad. No se estrujó mucho los sesos Jules a la hora de decidir el nombre de esa ciudad ideal, France-Ville, muy adecuado también de cara a mi viaje: en Pondicherry, como última gran colonia francesa en India, una gran parte de la población habla francés y está muy ligada a esa cultura.

Como en toda ciudad ideal, el objetivo de su realización es la representación fáctica de una visión del mundo precisa, racional y mejorada: utópica. En el caso concreto de France-Ville, todo germen debía ser combatido y expulsado al exterior de las murallas del perfecto y ajardinado lugar de residencia de los nuevos ciudadanos. Leemos en Los quinientos millones de la Begún que “la limpieza individual y colectiva es la preocupación capital de los fundadores de France-Ville. Limpiar, limpiar sin cesar, destruir y anular los miasmas que constantemente emanan de una aglomeración humana, tal es la obra principal de las autoridades. A este efecto se centralizan los detritus fuera de la ciudad y se les trata por procedimientos que permiten su condensación y su diario transporte al campo. El agua corre en abundancia por todas partes. Las calles, pavimentadas en madera bituminada, y las aceras de piedra están tan brillantes como el suelo de un patio holandés”.

¡Qué paz!, entre bandazo y bandazo del autobús, ¡pensando en un suelo de patio holandés, o el de mármol reluciente de la imagen de la Città Ideale de Urbino, vacío, de tal aséptica perfección que solo queda la idea y el trabajo del hombre, que no el hombre mismo portador de miasmas! Un retrato que recuerda a la scacchiera renacentista sobre la que se erigen ordenadamente todos los edificios. Pero tan fácilmente me abstraía del duro viaje de autobús como volvía, motivado por una mirada airada de la señorona o por una arcada más fuerte que las anteriores de la niña de enfrente, a la India y sus problemas de higiene: y es que por el momento no hay suficientes inodoros (artículo de El País) en el país ni cultura para su uso, y los excrementos que se van acumulando siguen siendo todavía en algunos lugares de la India responsabilidad de los Dalits o Intocables (BBC), quienes los retiran con sus propias manos. En ellos –y en inversiones millonarias para cambiar las cosas- se piensa en India cada 19 de noviembre, Día Internacional del Retrete.

Volviendo a la armonía de los mundos perfectos: qué alegría cuando Platón decía en La República que una estructura geométrica y absolutamente regular de una ciudad era portadora de una estética deleznable (hola, Eixample barcelonés). Qué espectáculo cuando la humanidad, en sus albores, tenía tanto por descubrir y podía detenerse a pensar en cómo ocupar y gestionar un territorio, como organismo independiente, como una ciudad-estado. Qué bien cuando, después del ocaso imperial y la noche medieval, los rivales de las miasmas morales decidieron refundar su propia visión del mundo, renacer en definitiva de otra manera. Cuánta adrenalina cuando los límites del mundo se iban agrandando; cuántos desastres y sin embargo cuántas posibilidades de volver a pensar en cómo establecerse una comunidad en un territorio determinado. France-Ville, de hecho, se ubicará en la costa oeste de Estados Unidos, donde algunas zonas debían todavía ser exploradas a finales del siglo XIX.

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                                                                             Tierras vírgenes pre-Auroville

Y ya en el siglo XX, casi agotada la noción de tierras vírgenes continentales y habitables, llegan las distopías o utopías, mundos paralelos, desarrollos probables o de radical transformación. Nuestro imaginario proyecta sistemas globales temidos o soñados, globalizadamente maniatados como para germinar alguna pequeña semilla que se convierta de nuevo en la ya lejana Edad de Oro sin arrasar antes con toda una civilización. Pasamos en el siglo XXI, por ejemplo, de la visión cínico-transformadora de Black Mirror al sueño húmedo del recolector de capitalismos de Will Forte en The last man on Earth: esa serie en la que todos han muerto menos unos pocos, pero el mundo ha quedado intacto, siempre hace sol y tienes todo lo que puedas soñar al alcance de tu mano: los más refinados vinos, coches, armas, casas o cuadros: los mejores bocados de nuestra civilización digeridos uno a uno y hasta el final por el Último Consumista que sobrelleva su soledad con el disfrute y no pierde el tiempo en ciudades ideales, pese a que las tierras vírgenes hayan resurgido.

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No nos pongamos fatalistas al extremo: siempre podemos preparar un par de mochilas y rehabilitar un pueblo abandonado de la Castilla profunda y dar pie a una comunidad nueva y mejor. Muchos lo hacen, y es una alegría. Pero falta algo en todos esos planes: el bombo y platillo, la posibilidad de constituir una opción mejor para muchos, respaldado mediáticamente por varios países del mundo y con un proyecto ambicioso y con medios para llevarlo a cabo. El último momento en la historia en que algo así se ha producido es Auroville.

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124 países apoyaron la creación de un pequeño espacio internacional independiente en el interior de Tamil Nadu. Fundado en 1968, su nombre, más elaborado que el elegido por Verne para su ciudad, responde tanto a la idea de una “Ciudad de la Aurora” como a la “Ciudad de Sri Aurobindo”, creador del proyecto junto a Mirra Alfassa (conocida como “The Mother” en Auroville, con connotaciones espirituales). Habitantes de los diferentes países participantes se agruparon en este territorio, obtuvieron un pasaporte de Auroville, se instalaron y se pusieron manos a la obra para construir la ciudad. Estos fueron sus cuatro principios fundacionales de lo que allí se denomina su ‘visión’:

  1. Auroville belongs to nobody in particular. Auroville belongs to humanity as a whole. But to live in Auroville, one must be the willing servitor of the Divine Consciousness.
  2. Auroville will be the place of an unending education, of constant progress, and a youth that never ages.
  3. Auroville wants to be the bridge between the past and the future. Taking advantage of all discoveries from without and from within, Auroville will boldly spring towards future realisations.
  4. Auroville will be a site of material and spiritual researches for a living embodiment of an actual Human Unity.

La humanidad tomada como unidad, la colaboración en el seno de la comunidad, la educación y la exploración espiritual fueron, y todavía son, sus pilares fundamentales. Dejaron claro desde el principio que ninguna religión sería tomada como la verdadera o definitiva, autodeclarándose una especie de puente entre las contradicciones y conflictos interreligiosos del pasado y un futuro sin dioses particulares ni banderas excluyentes. Un paso sucesivo al propuesto por el protagonista de La vida de Pi, chico de Pondicherry (recuerdo: a 10 minutos de Auroville) que nadaba frecuentemente en la piscina del famoso Ashram de Sri Aurobindo (todavía activo en la misma Pondicherry) y que probó todas las religiones por separado antes de ser encomiado por todas a elegir una sola, la única y verdadera (recomiendo también al respecto la película PK).

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Pese a haber establecido unas previsiones de crecimiento bastante ambiciosas (la población, a estas alturas, tenía que ser de 50.000 personas), la realidad es que en la actualidad 2345 habitantes de 48 países diferentes conviven en Auroville, manteniendo una demografía estable, sin muchos recién llegados ni muchos emigrantes. Muchos otros indios o extranjeros se han ido estableciendo justo a las afueras de los confines de Auroville, sin querer involucrarse activamente en la comunidad ni en el sistema económico impuesto para sus habitantes censados, pero aprovechando lo agradable del lugar, su riqueza cultural y tecnológica.

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Entrar en los dominios de Auroville con un tuc-tuc o una moto te deja sin habla: después de cruzar pequeñas poblaciones caóticas que separan Pondicherry de Auroville, te encuentras con una zona boscosa amplia, caminos de tierra y pequeñas construcciones muy separadas las unas de las otras. Hay viviendas construidas de manera ecológicamente sostenible e integradas en las zonas verdes.

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                       Una de las viviendas ecofriendly

Un comedor para todos los aurovillianos, la “Solar Kitchen”, está acondicionado para preparar comida para prácticamente toda la población usando únicamente energía solar. Bicicletas e incluso vehículos eléctricos abundan por los caminos que te llevan por el corazón del bosque guiándote (o perdiéndote) hacia un par de restaurantes que producen todo lo que ofrecen. Lejos de contradecir a Platón en cuanto a su estructura urbana, Auroville se construyó en espiral “galáctica”; la estructura de la maqueta de arriba estaba pensada para acoger a los 50000 habitantes; la ciudad mantiene esa forma pero con un 5% de los edificios proyectados; el que sí consiguieron terminar de construir después de muchos años y esfuerzo es su emblema, lugar de retiro espiritual y símbolo de unidad (ojo, solo accesible para los aurovilianos excepto en algunos momentos por la mañana de lunes a viernes, y nunca a las salas interiores del edificio).

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En Auroville no existe el dinero en metálico: cada ciudadano tiene una cuenta pública que va usando como si fueran créditos; si un turista llega a la “Solar Kitchen”, por ejemplo, no puede comprar nada: necesita haber activado una pequeña cuenta con la que ir pagando lo que quiera consumir. Económicamente, la situación es interesante y polémica: Auroville gestiona el dinero de todos, dota a todos de casa y servicios de gran calidad (mención especial a las guarderías y educación) aunque a cambio se hace difícil para los que allí viven afrontar los gastos de viajes o compras fuera de su territorio y de India. Entre los grandes valores que allí se encuentran: un excelente sistema de potabilización de agua que se pretende exportar a zonas del sur de India con grandes deficiencias, exportación de productos biológicos e internacionales que se encuentran con dificultad, por ejemplo, en Chennai (quesos, pesto, pan, …), producción de energías renovables… Auroville genera un debate sobre eficiencia, tecnología, bienestar y economía sostenible por un lado, limitación competitiva, criterios discutibles sobre la aceptación de nuevos ciudadanos y falta de medios económicos para sus habitantes a la hora de salir de Auroville por otro. Un debate complejo del que todos tienen su opinión, pero que merece indudablemente su reconocimiento: se han hecho y se siguen haciendo cosas formidables en un pequeño rincón del mundo que, casi 50 años después de su fundación, mantiene todavía una particular manera de concebir y construir un mundo alternativo. No es quizá un sueño que comparta en su totalidad, pero sin duda su existencia es una buena noticia para todos aquellos que crean en ciudades ideales.

Graves inundaciones en Chennai

Desde el pasado martes y hasta hoy sábado la mayor parte de la ciudad de Chennai -de 6 millones de habitantes- se ha mantenido sin electricidad, con escaso acceso a agua potable y en un estado de colapso total. Hoy, algunos barrios han recuperado ya la corriente y algunas calles vuelven a abrir al tráfico (que en verdad nunca estuvo cerrado: siempre hay algún valiente en esta ciudad que se abalanza sobre el asfalto anegado con un autobús público abarrotado de gente, o con su scooter privado intentando llegar a su destino y teniendo que forzar el motor para mover el vehículo porque el agua cubre prácticamente sus dos ruedas). Ya ha habido unas 300 personas fallecidas y más de 200.000 evacuados. La ciudad se ha movilizado y se han habilitado lugares públicos para que la gente sin casa pueda refugiarse y puntos de distribución de agua y alimentos. Aun a día de hoy, el problema sigue siendo el acceso a las zonas más afectadas para distribuir los bienes de primera necesidad.

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Dada la situación, sorprende que apenas medios británicos y franceses, más cercanos a esta ciudad por motivos industriales o históricos, se hayan hecho eco de esta crisis (conclusión sacada en pocos minutos -hay que ahorrar batería- de búsqueda en los medios más generalistas de nuestros países vecinos; espero equivocarme). Durante días se ha recomendado a todos los ciudadanos permanecer en sus casas y ser cautos a la hora de salir. El mayor problema reside en la crecida de ríos y lagos; pese a que la lluvia hoy ha remitido, todavía se avisa de la posibilidad de nuevas crecidas e inundaciones. En los últimos días, de hecho, se ha acusado al gobierno local de falta de información y previsión: parece ser que se han tenido que liberar grandes cantidades de agua de algunos lagos provocando consecuentemente inundaciones en zonas cuyos habitantes no fueron advertidos con tiempo.

Algunas historias se han ido difundiendo, sobre todo provenientes de la zona de Guindy, una de las más afectadas. Si el martes ya se había anunciado la necesidad de evacuar una gran parte de ese barrio, ese mismo día a las 8:30 de la tarde una familia que había decidido quedarse empeñada en no abandonar su propia casa pedía auxilio desde la azotea de su vivienda, la única zona libre del agua creciente. Los servicios de rescate no pudieron acceder a esa zona hasta más de un día después. Durante el miércoles, en muchos otros lugares, familias enteras se hacinaban en las azoteas de sus casas y esperaban que los helicópteros se acercaran allí y lanzaran paquetes con comida y agua. Es una terrible situación estar rodeado de agua hasta el cuello y tener como principal necesidad la falta de agua potable.

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4000 soldados fueron desplegados durante el miércoles y el jueves, y siguen trabajando junto a unos dos centenares de barcos cuya misión es el acceso a las zonas más conflictivas. La repartición de alimentos  se ha hecho, he podido leer y corroborar en mi barrio, de manera muy eficiente y voluntariosa. Muchas viviendas en zona seca han abierto sus puertas a algunos de los que se quedaron sin ningún sitio en el que refugiarse. Desde hace tres días, un matrimonio y un abuelo se han instalado en una habitación que teníamos libre en nuestro apartamento: el anciano es hermano de uno de nuestros vecinos. Durante los últimos días, además, no pudiendo cocinar en nuestra vivienda, hemos recibido cada día comida y cena calientes preparadas por vecinos con un hornillo de gas que mucho hemos echado en falta en estos días. La nota más positiva que saco de estos días (fácil de decir por no estar en una zona especialmente problemática) es la actitud de toda la gente de nuestro alrededor. Siempre sonrientes y amables; también tomándonos un poco el pelo a los dos blanquitos del barrio (mi compañera de piso francesa y yo): cada vez que salímos a la calle y caminamos por el agua radiactiva que nos llega hasta el gemelo, nos miran sonriendo y dicen: ‘Welcome to India, my friends! Where you from?’. En una ocasión, incluso, tres jóvenes muy simpáticos nos interceptaron y nos pidieron que les hiciéramos una foto en la que salen bien sonrientes. ‘This is bad, but we can manage, take a photo of us, good memory for you’.

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                                   Ellos son

Uno de los puentes que vertebran la ciudad ha sido completamente sumergido por el río Adyar; mi universidad va a cerrar las puertas, en principio, de lunes a lunes (se espera que después de este fin de semana ya se pueda recuperar la rutina normal); dos amigos que volvían el mismo martes de Pondicherry a Chennai llegaron ayer por la tarde, viernes, a su vivienda, casi milagrosamente. Está siendo una semana muy difícil para una ciudad que, de todas maneras, ve cómo las víctimas son siempre quienes viven a la orilla del río en casas o chabolas que se lleva íntegramente la corriente. En mi pequeño bloque residencial (ocho viviendas están agrupadas en una zo20151202_164300na cerrada), en el que vive gente acomodada, ayer se nos dio una pequeña gran alegría: un camión se introdujo en el recinto transportando un enorme generador, que se conectó a todas las viviendas. Entre todos pagamos una hora de electricidad en la que se pudieron recargar los aparatos móviles, cocinar por primera vez en días, rellenar el tanque de agua vacío y, por tanto, hacer un uso abusivo burgués de la ducha una tantum. Cuando el camión tocó la bocina, todos los vecinos salimos entusiasmados y echando de menos al alcalde de Bienvenido Mr. Marshall para que nos liderara hacia el encuentro de los camioricanos.

Amigos de diferentes barrios más al sur que el mío me confirman que la electricidad está volviendo, y con ello también una cierta tranquilidad que parece confirmar que  todo vuelve poco a poco a la normalidad. Esperemos que vuelva también aquí pronto. Ha pasado lo peor, al menos para los que no hemos tenido que abandonar una habitación con cama flotante.

Con faldas y a lo lluvia

mono que bosteza en Kochi

                                               Largo es el monzón

 

Un hito o una gran habilidad pueden ser, si no realizados, sufridos o celebrados dependiendo de la posición de quien lo observa. De esta forma el eufórico recuerdo del gran tirador de los Indiana Pacers de los ’90, Reggie Miller, puede convertirse en un martilleo constante, una amenaza que no solamente se ha demostrado letal en cada aparición suya, sino que se adueña de los sentidos y la voluntad de quien la sufre por no intuir posible la víctima otra alternativa para la siguiente acción que no sea el latigazo, la impotencia y el reconocimiento de una superioridad ajena y dolorosa: una canasta despiadada, idéntica a las anteriores y que anuncia las siguientes.

Así como el balón perfora una y otra vez el aro que en esta ocasión es propio y no ajeno, cae la lluvia en Chennai inevitablemente. La caída vertical del esférico encestado produce a su paso el sonido de una seca fricción con la red, repetido una y otra vez con la constancia de los grandes tiradores capaces de hacer que la red suene siempre igual que en el tiro anterior. En la cabeza de quien defiende a tan excelso jugador el ruido, al repetirse, lo transporta a la canasta anterior, haciendo que el tiempo transcurrido entre canasta y canasta desaparezca, creándose así un sonido constante y aterrador pero arrítmico, como el de un cardiograma hospitalario que anuncia malas noticias.

Pensar en un evento concluido aporta el balón de oxígeno necesario para que el paciente, alienado y fumando como Brecht mientras asiste al teatral espectáculo, vuelva a recuperar el pulso. Llega tarde esta reflexión de un entregado yo que compara la angulatura de la perforación del aro (ningún gran tirador consigue que la trayectoria del balón al alcanzar el parqué forme un ángulo de 90 grados y exactamente perpendicular con el aro del que proviene) con las diferentes lluvias que afirma Forrest Gump que existen en el mundo -vietnamita-. No, Reggie Miller no producía una lluvia plúmbea de balones contra el suelo, sino una elegante parábola que, al entrar en contacto con la red, se frenaba y friccionaba; pero no era detenida en seco esa pelota ganadora.

Aquí la fricción contra el cristal de la ventana y la perpendicularidad de las líneas ininterrumpidas de lluvia con el suelo sí son precisas y perfectas. Como la lluvia de Reggie Miller, la de Chennai es constante, te atrapa y, cuando creías que podías mirarla con rural alegría por el fin de la sequía, te deja sin luz y encerrado tres días en tu vivienda, aportándote esa burguesa para algunos y para otros humana desesperación por la súbita inaccesibilidad a luz y electrodomésticos. Lo que es indiscutible es que mi casa no se ubica, como muchas otras, cerca del río, y se eleva pocos pero decisivos centímetros sobre el nivel de la acera; es, por consiguiente, un espacio felizmente seco.

Escribo ahora mismo a la luz de una vela, recordando cómo esta tarde he visto en la calle de mi casa a gente caminando tranquilamente mientras el agua les llegaba por las rodillas. La naturalidad con que lo hacen contrasta con la estadística (peor monzón en Chennai en los últimos 30 años, y a punto de superar a ese también) y con la absoluta y bien acomodada parábola de quien suscribe todo esto; dispénsenme, mañana es mi cumpleaños y la perspectiva es poco halagüeña para su celebración.

Pero contemos historias verdaderas: en la última inundación ocurrida hace dos semanas, en una localidad cercana a Chennai, dos personas se presentaron en un centro médico con la pierna mordida y una serpiente muerta sostenida en la mano de uno de ellos. “Íbamos caminando por la calle inundada y sentimos una mordedura que no pudimos ver (las aguas estancadas son bien oscuras). A tientas intentamos encontrar al agresor, y aquí la traemos. ¿Es venenosa?”, me relata un amigo que tuvo que atender a esas dos personas. Tan alegre me mostré por saber que no era una especie venenosa como por estarme sentado sabiéndome en la parte seca de la sonora fricción del agua con las ventanas (o el suelo, si mantenemos hasta sus últimas consecuencias la extraña teoría de los ’90).

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Más historias verdaderas. Ola Cabs, la aplicación de taxis más importante de Chennai, ha activado un servicio de barcos sin motor: un hombre arrastra una barquilla con sus piernas sumergidas en el agua turbia (hola, serpientes) mientras el cliente avanza pacientemente sentado sobre la embarcación.

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Y una última: un camión fue grabado mientras conducía por una carretera urbana llena de agua. Un puente sin protección debía de ocultar esa agua traicionera, porque, cual Titanic en hundimiento a velocidad x120, el enorme camión fue de golpe absorbido por la corriente y de él nunca más se supo.

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Así transcurre el primer monzón que vivo, mucho más alegre de como lo pintan; no ya por haber podido atravesar con chanclas y a salto de niño sobre charco infinito calles inundadas hasta alcanzar el supermercado obviamente cerrado; o por haber disfrutado un trayecto en tuc-tuc en el que los pies aun estando dentro del vehículo iban directamente sumergidos en el agua; o por haber sufrido entonces y disfrutado ahora (el recuerdo de) un trayecto en moto de vuelta del trabajo con, otra vez, los pies flotando más que reposándose en la superficie de la scooter. Es también más alegre por haberme vuelto a encontrar con Reggie Miller. Aun de forma un poco extraña.

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Yo en un mundo paralelo que no quiero conocer

Los pasajeros de autobús tampoco se salvan de las inundaciones

Esto ni es de Chennai ni es de este año pero vaya con las arenas movedizas

 

 

Lideresa tamil

Como cada mañana de los días laborables pares, atravieso en moto la ciudad de Chennai para acudir a la Universidad de Madrás, ubicada justo frente a la portentosa Marina Beach. Debo recorrer 6 kilómetros de jungla de asfalto y unos 4 kilómetros de paseo marítimo hasta llegar al campus construido allá por el siglo XIX, en un estilo indo-sarraceno con influencia bizantina (afirman mis compañeros de departamento; yo sería solo capaz de decir que tiene arcos y me recuerda a películas extravagantes ambientadas en periodo colonial). El Departamento de Francés y Otras Lenguas Extranjeras se ubica en un pequeño edificio de dos plantas, casi escondido entre construcciones más grandes.

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Marina Beach, playa y desierto

Lo primero que uno se encuentra al visitarlo es un póster de Romano Prodi, ex-presidente italiano que estuvo allí para inaugurar una clase con pizarra electrónica y aire acondicionado (presumiblemente ‘roto’ desde hace cuatro años) financiada por el gobierno italiano y bautizada como sala Pirandello. Una rivalidad que en estos días podía calificarse de motociclista se estableció gracias a Prodi entre italiano y español en mi departamento: pese a contar con muchos más estudiantes, la clase de español se ve relegada desde hace años a un aula minúscula sin proyector; la profesora de italiano sonríe al saber que pase lo que pase siempre contará con la clase buena. Conviértase esto en oficial petición a nuestro presidente, que seguro que estará al tanto de este blog: Mariano, te necesitamos en Chennai.

El departamento consta de 4 aulas, una secretaría, una reducida biblioteca y un estudio para los profesores. Dicho estudio, situado en el piso de arriba, está dividido en dos espacios: uno para los profesores que cuenta con dos ordenadores y una mesa bastante grande, y otro para la jefa de departamento; los separa una pared acristalada. De todo el edificio, solo esta última está dotada de aire acondicionado. No es infrecuente que se empañe el cristal separador, y que el resto de profesores lo veamos sentados en la mesa, mientras una gota de sudor resbala por nuestras mejillas.

En algún momento de la mañana se oyen tres bocinazos de un coche. En nunca más de 15 segundos Baskar, encantador administrativo y chico-de-los-recados de 40 años, acude a todo correr al estudio de la jefa de departamento para encender el aire acondicionado a máxima potencia. Inmediatamente después sale disparado hacia el pasillo y se lanza escaleras abajo. En el coche aguarda Chitra, mujer de unos 60 años, con las ventanillas subidas. Baskar abre la puerta del vehículo desde fuera y Chitra sale, avanza con pasos cortitos y va subiendo escalón a escalón, muy despacio. Cuando llega al estudio, Baskar la adelanta y abre la puerta de su despacho, ya razonablemente frío.

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Puerta principal de la Universidad de Madrás

Todavía recuerdo el día de mi llegada, cuando se me condujo a ese lugar que siempre está a unos 17 grados y en el que Chitra se mostró encantadora. Nada más entrar vi una foto de Prodi y ella, bien colocada en un estante. Hablamos durante prácticamente una hora y media; a los diez minutos de empezar la conversación Chitra llamó a secretaría; alguien vino, y Chitra reclamó que Baskar se presentara inmediatamente ante ella. Menos de dos minutos después Baskar se presentó y la jefa comenzó, cambiando el tono de su voz y su gesticulación, a gritar enrabietada en lengua tamil mientras Baskar sonreía tembloroso y cabeceaba sin pausa. En cuanto terminó su bronca (cuyo motivo nunca llegué a conocer), se giró hacia mí, volvió a cambiar el tono de voz excusándose por que tuviera que presenciar el conflicto, y me preguntó si quería un té. Asentí aturdido y de nuevo Chitra se volvió hacia Baskar y con el mismo tono de antes dijo algunas palabras de las que solo pude entender “chai”. Como puede imaginarse, no tardó mucho en llegar la bandeja con dos tés calientes, muy buenos y adecuados para la temperatura gélida en la que estábamos. Mientras esperábamos las bebidas, Chitra me fue explicando que el grito y la agresividad son muchas veces las únicas maneras en que una puede ser respetada en India como mujer y como jefa. Así pues, grito pelado y carácter resoluto. Volvió a excusarse de nuevo por la escenita y me preguntó tranquila por mi vuelo a Chennai.

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Jayalalithaa y el pueblo

En una sociedad fuertemente discriminatoria de la mujer, hay otro ejemplo de liderazgo femenino que linda casi con una idolatría que Pablo Casado podría calificar de populismo bolivariano extremo. La presidenta del estado de Tamil Nadu (cuya capital es Chennai) es Jayalalithaa, con a sus espaldas una ya larguísima carrera política. Precursora de Schwarzenegger, Jayalalithaa fue en sus inicios una estrella del cine indio que en 1984 entró en política y en 1991 se convirtió en chief minister de Tamil Nadu. Hasta el día de hoy, lo ha sido en cinco periodos diferentes, à la Berlusconi, y sigue siéndolo actualmente.

A finales del siglo XX fue imputada por enriquecimiento personal ilícito durante su periodo de gobierno entre 1991 y 1996. La noticia no tiene desperdicio; en 1997 registraron el jardín de su casa y encontraron unas cuantas cosas que transcribo tal cual:

A raid in her Poes garden residence in 1997 recovered 800 kg (1,800 lb) silver, 28 kg (62 lb) gold, 750 pairs of shoes, 10,500 sarees, 91 watches and other valuables.

Esto, junto a una fortuna incalculable y fiscalmente injustificable dio inicio a un proceso judicial que se alargó hasta 18 años, trasladado de Tamil Nadu a Karakata y Bangalore para evitar interferencias políticas en el mismo. Hasta dos veces tuvo la presidenta que dejar su cargo, siendo el primer caso en la historia de la democracia india en que el presidente de un estado se encontraba en tesitura semejante. El día de mayor tensión fue el 27 de septiembre de 2014, cuando por fin salió una resolución oficial en Bangalore. Tamil Nadu entero estaba expectante, y la resolución, programada para las 11 de la mañana, no se produjo hasta las 5 de la tarde. Jayalalithaa fue condenada a cuatro años de prisión y a pagar mil millones de rupias (unos 135 millones de euros). La población de Tamil Nadu, devota de Jayalalithaa, se agitó y comenzaron unos disturbios bastante graves. El periódico The Times of India (enlace aquí) informa de que un mínimo de 16 personas murió a raíz de la publicación de la noticia. Tres personas se ahorcaron, un seguidor del partido de Jayalalithaa se autoinmoló quemándose vivo, otro saltó a las ruedas de un autobús y otro más usó veneno para acabar con su vida. Esa misma tarde se registraron hasta 10 muertes por paro cardiaco muy posiblemente relacionado con la difusión de la noticia, según declaraciones de las autoridades.

Si el juzgado de Bengalore la declaró culpable, el de Karnakata (otro estado indio) la absolvió de todos los cargos el 11 de mayo de 2015; dicha resolución prevaleció sobre la anterior, que fue anulada a todos los efectos, por lo que Jayalalithaa fue liberada de la cárcel y volvió a poder participar activamente en la vida política. El 23 de mayo, menos de dos semanas después, volvió a su lugar predilecto, y hasta el día de hoy sigue ocupando la presidencia de Tamil Nadu. Ahí es nada.

Cementerio de elefantes

IMG_0352 (1)Cuenta la leyenda que el omnipotente Shiva dejó preñada a la diosa Parvati y se marchó de casa durante una temporada. Al volver, años después, quiso entrar de nuevo en su mansión, pero un decidido guardián se lo impidió siguiendo la orden de no permitir el paso a extraños. No acostumbrado a recibir un no por respuesta, Shiva se enfrentó al guardián y le cortó la cabeza de cuajo. Parvati, mientras tanto, se estaba dando un baño y no oyó nada, pero cuando salió y descubrió a su hijo partido en dos en el suelo estalló en llanto y le echó una mirada asesina a Shiva, dándose cuenta este de que el guardián era, efectivamente, su propio hijo. Resuelto a arreglar el desaguisado, Shiva improvisó este juramento: “nuestro hijo debe vivir, y recibirá la cabeza del primer ser vivo que encuentre”. Un elefante pasaba por ahí, y el dios Ganesh recibió tan amado don en forma de orejas y probóscide elefantíacas.

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La madre de Tutsi no le enseñó la técnica del enjuague.

También la vida de los dioses de aquí se antoja dura y abierta en carnes, pero nadie lo dice ni lo representa: la gente se limita a aceptar con alegría al pobre Ganesh y a adorarlo en todas partes (resulta difícil subirse a un rickshaw sin encontrar una pegatina suya). No son pocos los locales que colocan un Ganesh -más grande o pequeño- en la puerta asignándole el rol de guardián y símbolo de buen agüero, y todavía no he conseguido imprimir un documento en alguna tienda cuyo ordenador no tenga a Ganesh como fondo de pantalla (vale, he ido solo a tres, pero la cosa asusta).  Hace unas semanas se celebró el día anual de Ganesh en Chennai, y su gigantesca segunda mayor playa del mundo, Marina Beach, se llenó de millares de personas (las autoridades afirmaron que unas 100.000 personas asistieron al evento; los organizadores, algo más de dos millones), y cada uno llevaba un pequeño ídolo con trompa hecho en barro, y cada uno, con su ídolo elevado sobre su cabeza, se introdujo en el mar hasta la cintura y depositó el ídolo que, previsiblemente, en poco tiempo se desharía y se sumaría a las arenas del océano. No faltó gente que lanzara miradas censuradoras a aquellos que, queriendo adorar más y mejor, habían fabricado o comprado ídolos de barro con adornos de plata, no tan digeribles por las aguas saladas.

The_Elephant_Man-492972180-largeTanto contrasta un templo de Ganesh y una iglesia con Jesucristo sufridor como el hombre elefante indio y el occidental: uno es abierto, luminoso y sonriente, el otro oscuro, lleno de llagas y reservado. A uno lo celebra todo quisqui con pinturas, música y estatuillas, del otro ya se encarga David Lynch de colocarlo en una sociedad que necesita ver lo más bajo de sí misma para levantarse purificada al día siguiente. Frederick Treves, autor del relato “The Elephant Man” en que se basa la película, describe cómo una inocente y joven enfermera entra por primera vez en la habitación del paciente John Merrick, quien sufre de elefantiasis, sin haber sido advertida de la situación. “As she entered the room she saw on the bed, propped up by white pillows, a monstrous figure as hideous as an Indian idol”. Del susto la enfermera tira el desayuno de John por los aires y echa a correr escaleras abajo. Quizá otros ídolos indios sean tanto o más inquietantes y desagradables. Sin embargo, y pese a los cuatro (o más) brazos de Ganesh y su poco atractiva combinación animal, la comparación parece algo descompensada.

Ganesh y John Merrick parecían fenómenos bien distantes el uno del otro, pero no tuve que esperar mucho hasta encontrar un puente entre ellos: el espectáculo del capital. Pocos días antes de la celebración del Dios con Trompa estuve de visita en Puducherry, excolonia francesa y oasis de occidentalización (alcohol, cigarrillos y hippies autogestionados lo pueblan), y acudí a un famoso templo dedicado a Ganesh, el Arulmigu Manakula Vinayagar (quien lo pueda memorizar a la primera, que venga a vivir conmigo y sea mi lazarillo lingüístico). Allí encontré al famoso elefante Lakshmi justo enfrente del acceso al recinto para bendecir a los fieles en vistas de la cercanía del festival; pude ver con asombro cómo la vieja bestia colocaba su babosa trompa sobre la cabeza de todo aquel que, previamente, hubiera depositado algo en esa misma trompa habilidosa. Lo que al principio creí que eran cacahuetes se demostraron buenos billetes que Lakshmi almacenaba en la punta de su probóscide y, con ellos bien agarrados, sus rupiosas babas se depositaban en el cuero cabelludo de cada cual. Era capaz de acumular hasta 10 o 12 billetes antes de llevar su trompa a manos de su amo, que recogía el dinero de manera mecánica. Dos turistas, probablemente escandinavos, se colocaron frente a Lakshmi sin haberse percatado del tema económico y esperaron la bendición, que no llegaba. Sacaron unos cacahuetes, miraron al domador que asintió y se los dieron a Lakshmi, que se los comió pero siguió en sus trece de bendecir a gentes que realmente lo merecieran. Cuando los turistas se percataron de lo que sucedía, aportaron sus dos billetes y recibieron la bendición. Pese a que la trompa de Lakshmi estaba en ese momento vacía, el animal decidió depositar los billetes justo después de bendecirlos en una demostración del claro triunfo de su sistema educativo.

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                           El elefante blessucón

Cuando ya creía yo que los elefantes no daban más de sí, una nueva manada se cruzó en mi camino. Todo empezó el segundo día de mi llegada, cuando se me ofreció ir al partido de fútbol inaugural de la ‘Indian Hero Soccer League’ entre Chennai y Kolkata, siempre que estuviera dispuesto a animar al equipo local. Sin saber muy bien qué estaba diciendo, dije que por supuesto. Casi un mes después, y ya casi habiéndome olvidado del asunto, fue hora de ir a ver no un partido cualquiera, sino el Chennaiyin F.C.-Atlético de Kolkata (los equipos se escriben tal que así en indio, sí, con tilde y todo). El entrenador del equipo local es Materazzi (el año pasado fue jugador-entrenador, y yo que me lo perdí). Entre sus grandes estrellas, Alessandro Potenza, Manuele Blasi, el francés Mendi o su crack brasileño y cojo, Elano. Enfrente, un equipo que viste de rojiblanco con pantalones azules y que tiene por entrenador al poco indio Antonio López Habas, con a sus órdenes jugadores tan indios y jóvenes como Josemi, Borja, Juan Calatayud o Javi Lara. Eso sí, la punta es toda para Hélder Postiga, clásico de las colecciones de cromos de antaño, y que marcó dos goles para llevarse una merecida victoria. Que, por desgracia, no pude celebrar como se merecía: pese a lo glorioso de un elefante marcando un doblete (y lesionándose de gravedad justo al marcar el segundo), tuve que compartir la tristeza de Materazzi y toda una ciudad que a cada gol (propio o ajeno) lanzaba fuegos artificiales dentro y alrededor del estadio.
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Tutsi y el Bobote

El tráfico de Chennai se me presenta apocalíptico nada más aterrizar y coger el primer taxi de camino a mi nueva casa. Ni los mejores años de Nápoles superan, me parece, el caos de estas calles, como demuestra el hombre que, seis días después, trajo desde el aeropuerto en un pequeño ciclomotor, atadas con una cuerda minúscula, dos enormes maletas que resultaron ser una mía y otra del valenciano que viajó conmigo, y cuyo nombre estaba claramente escrito sobre el embalado, para sorpresa mayúscula del repartidor (mi segunda maleta llegó, también en motocicleta, pocas horas después).

              Kal significa ‘ayer’ y ‘mañana’ en hindi

Un ternero nació tres meses atrás en la misma calle en la que vivo, y está siempre tumbado (durante el día) o dándose paseos (durante la tarde-noche) por el asfalto. Solo dos días después de mi llegada, con camisa y pantalones indios, lo saludo mientras cojo un taxi en dirección al Gymkhana Club, lugar reservado para la élite de Chennai, legado de los británicos, adonde, justo hasta la independencia india, solo blancos bienestantes podían acceder. Mi jefa de departamento me ha convocado allí para reunirme con la embajadora de México y hablar de los proyectos que los mexicanos pretenden organizar con la Universidad de Madrás. La embajadora se muestra encantadora, y propone que se organicen (o que yo organice, y he ahí el quid de mi presencia, descubro por fin aliviado) un festival de cine anual y una exposición fotográfica de Octavio Paz con colaboración de los alumnos. La cena, sin embargo, se alarga y se llena de poshtureo; se pasa a hablar de política india, de la que desconozco absolutamente todo (apenas he tenido tiempo de aprenderme el nombre de mi barrio, Thiruvanmiyur, y de la cercana Vannanthurai Junction, para conseguir que los taxis sean capaces de llegar hasta mi casa. O que lo intenten). Con cara de circunstancias asiento, me finjo interesado y recurro a mi estatus de recién llegado para preguntar por la comida que nos van sirviendo. Asisto fascinado -y despavorido- a una escena costumbrista de la alta sociedad india, sentado en un salón en el que solo se acepta a gente con camisa occidental, está prohibido hablar por el móvil y los camareros van vestidos de punta en blanco como marineros (sí, con su gorrito marinero bien puesto, también). Mientras alguno de los asistentes habla de Kerala y de su ideología comunista, me fijo en una pareja sentada en la mesa de enfrente. Ambos están muy arreglados, indios de unos 55 o 60 años. Él recibe un cuenco con algo de comer, introduce la mano en dicho cuenco y comienza a llevarse lo que parece una sopa densa a la boca, una y otra vez, satisfecho pero a la vez manteniendo una pose de grandilocuente rectitud digna del Club. Un hilo cuelga siempre de su mano en su camino hacia arriba, y a medida que se multiplican esos trayectos se va ensuciando cada vez más su indio bigote. Una vez ha terminado de comer, recurre a otro cuenco lleno de agua en el que sumerge la mano y va limpiando su boca y manchados alrededores como si de un suelo se tratase, y su mano la fregona que vuelve frecuentemente al cubo para enjuagarse.

Si las élites parecen pasárselo pipa en sus clubs con piscina y se meten con sorna con la ineficiencia del indio medio, las autoridades gubernamentales construyen un aparato burocrático al que ya me advierten de que me tendré que enfrentar en un duelo a vida o muerte.

IMG_0333                      Tutsi también se enjuaga

Mi siguiente paso, previo saludo al ternero llamado Tutsi tumbado frente a la puerta de mi casa, fue poner rumbo a la Oficina de Inmigración, donde es obligatorio registrar mi visado de recién llegado. Allí, gritando desesperado en español en una ventanilla, me encontré a Bobote, artista flamenco que, me explicó, estaba de gira en Chennai con un visado de trabajo-artista. Tiene previsto actuar en seis ciudades, siendo Chennai la primera, y un funcionario le acaba de decir que no solamente tendrá que personarse en las Oficinas de las seis ciudades; también deberá repetir al día siguiente en la de Chennai, ya que le falta un documento. Bobote se desboca, pero otra chica española que lo acompaña lo tranquiliza y acaban ambos sentados y expectantes. Al final, más que ayudarnos compartimos frustración ya que los tres nos marchamos de allí sin lo que necesitábamos y con dos citas: una con la Oficina de Inmigración, otra con la fusión de flamenco y kathak al día siguiente.

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Bobote forma parte de Torobaka, un espectáculo con el bailaor Israel Galván y el aquí celebérrimo bailarín indio Akram Khan. El show, muy interesante, revela las raíces en común entre este tipo de danza clásica india y el flamenco, debidas a la migración gitana. En la sala de conciertos, moderna y bastante amplia, un apabullante porcentaje de blancos poblaba las butacas. Hasta me encontré con tres personas que me habían presentado casualmente una semana atrás, dos franceses y un indio. Y es que esta ciudad de 9 millones de habitantes, me anuncian los europeos más veteranos de aquí, se convierte en una pequeña aldea a las primeras de cambio. El parecido entre esa sala de conciertos y el Gymkhana Club es más fuerte de lo que podría creerse. No solamente minorías menos campechanas los visitan; también hay una prohibición común: el uso de móviles. Lástima que en la sala de conciertos no hubiera marineros que vigilaran: en pleno zapateado del Bobote, un móvil sonó, y me temí la peor reacción que ya había presenciado el día anterior. Por fortuna, pies y manos del Bobote siguieron su curso.

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Me despierto en búsqueda de la perfección. La maleta está hecha, me acabo de duchar, el zumo de naranja natural del desayuno está más dulce de lo que podía preverse, mi madre, que las ha exprimido con el afecto que a esas horas le caracteriza, me lleva al aeropuerto. Facturo la maleta nada más llegar, casi tres horas antes del despegue. Soy el primero en hacerlo, elijo ventanilla, paso el control de pasaportes, soy el único. Intento cambiar unos pocos Euros a Rupias Indias, y el servicio del aeropuerto no me defrauda: como siempre, intenta estafar al cliente con sus tarifas abusivas, lo que me da la posibilidad de ocupar mi tiempo en comparar las cuotas en diferentes compañías para que se hagan más amenas las dos horas que faltan. 1 E=56 RI, cuando mi móvil dice que su valor actual es 1 E=74,3 R.I. Ninguna queja, me divierte la indignación.

En cuanto me quedo sin entretenimiento, abro un libro que me ha dejado para la ocasión mi primo, pero alguna página después de empezarlo me entra un retortijón. Cosas de la vida, partes hacia India para pasar un año y tu primer amago de diarrea surge en Madrid. Zumo de naranja, me digo a mí mismo, tan amenazante como un café y un cigarrillo. Tampoco es para tanto, pero la asepsia soñada se desvanece. Al fin y al cabo, me consuelo, tampoco he embalado la maleta y soy de los que no lo hará nunca, aunque lleve alguna botella que, de romperse, acabará con toda mi ropa.

Saudi Airlines anuncia el vuelo, puerta B19, hombres de negocios españoles no se mezclan con algunos saudíes (o así) varones con vestimenta religiosa, quienes tampoco se mezclan con un -parece- viaje organizado para señoras saudíes (o así), todas vestidas iguales. Subimos al avión. Tres filas más atrás de donde estoy yo, entre los pasajeros destaca uno que, antes siquiera de abrocharnos los cinturones, empieza a repetir sistemáticamente dos palabras en árabe (o así) incomprensibles. Está sentado, tiene los pantalones bajados hasta los tobillos, las manos en la cabeza y se mueve al son de su propio mantra, golpeándose suavemente contra el asiento de delante. Nadie entiende nada, una mujer con chaleco amarillo del aeropuerto de Madrid entra en el avión y, después de intentar hablar con este hombre, dice para sí misma: “¡justo el día en que hay inspección!”, y llama a un agente de seguridad. El agente viene y, después de intentar hablar con este hombre, llama a la Guardia Civil, que llega, agarra a este hombre de un brazo y lo saca del avión, aferrado todavía a sus propios pantalones, ya quitados del todo. Media hora después, agentes de “Inspección de seguridad” vienen a limpiar el asiento y, como dice mi compañero de viaje, alemán de unos 40 años, “a busscarr bombas”. Parece que no las encuentran, pero ello no evita que despeguemos 1 hora y media después de lo previsto con destino Jeddah, donde yo debía hacer una escala de 3 horas para seguir dirección Madrás. Antes del despegue, Saudia Airlines nos deleita con una oración que, como explican por megafonía en inglés, solía pronunciar Mahoma al emprender un viaje.

Salmon Rushdie, Hijos de la medianoche, es el libro que leo en el avión. Historia de la independencia india, y visión polémica del mundo musulmán. Autor y libro prohibidos en Arabia Saudí. ¿Lo había pensado antes de partir? No. El hombre alemán de unos 40 años, poco después de contarme que había trabajado en Jeddah durante un decenio, que consideraba Arabia Saudí un país medieval con fondos desmedidos y que había presenciado amputaciones de mano y ejecuciones públicas, ve de refilón el libro que estoy leyendo, baja la voz y me dice: “¿Ssabes que ese libgo es ilegal en Agabia Saudí? Ten cuidado”. Le miro, lo miro, intento transmitir que la situación está controlada, sigo leyendo un rato concentrado en abrir el libro lo máximo posible para que no se vean ni portada ni contraportada, lo meto en la mochila en cuanto puedo, ahí se queda como principal causante de que esta entrada sea infinita.

Por fin estamos llegando. Una voz masculina empieza a rezar en árabe, y un buen porcentaje de pasajeros repite, bajito y casi de forma anodina, sus mismas palabras. Desde mi ventanilla se ve la ciudad de Jeddah. O la mitad de la ciudad: la otra mitad está inmersa en una brutal tormenta de arena como no había visto en mi vida. El aeropuerto está justo al lado del mar, a la izquierda se ve la nube y todavía algún edificio, a la derecha el cielo azul y el agua del mar Rojo (tengo suerte, mi ventanilla está a la izquierda). El avión desciende -da la sensación que- a toda pastilla, intentando evitar que la tormenta llegue antes que él al aeropuerto. A medida que vamos bajando, la voz del orador suena con más intensidad, y la de los pasajeros se refuerza. Aunque estamos ya bastante bajos, acabamos metidos en la tormenta de arena. El avión empieza a vibrar. La oración se viene arriba. Como, de golpe, el avión: los motores rugen de nuevo, aterrizaje abortado, superamos en altitud a la tormenta y a esperar dando vueltas por el cielo…

O una sola vuelta, porque el piloto, venido arriba también, pretende volver abajo, esta vez sin prisas ni visibilidad; se ve la masa naranja justo debajo de nosotros. La oración, que nunca se ha extinguido, vuelve a recuperar su vigor a medida que comienza el descenso. No hay manera de interrumpir los 6 idénticos versos que se repiten una y otra vez. Cuando todo se convierte en naranja amarillento por la ventanilla, el avión vuelve a temblar y se extiende un nerviosismo que solo los que rezan comparten (mentira: yo miro a mi alemán de reojo, muevo los pies y empiezo a jugar al Chess en la pantalla que tengo delante, aunque apenas muevo dos piezas en todo este rato). El descenso se hace todavía más largo que el anterior, no puede saberse a qué altura estamos, el naranja de fuera colorea el blanco de las paredes del avión, mi alemán comenta -él que conoce las tormentas de arena y sus manos que me imagino allí dentro voladoras y amputadas por leer libros prohibidos)- que “no hay rraios, es buena señal, no es de las eléctgicas”, pero que “hjamás intentan ategisagh con toghmenta”. Seguimos bajando, siguen orando, y de golpe los motores rugen otra vez, aterrizaje abortado, volvemos a elevarnos -después de otro buen rato vibrador- sobre la tormenta. El capitán es el único capaz de acallar a los que rezan anunciando que nos desviamos a otro aeropuerto.

Aterrizamos, 1 hora después, en Taif. 3 horas después, volvemos en el mismo avión a Jeddah. Llego tarde para mi conexión, pero el vuelo a Madrás se ha retrasado y solo han tenido que esperarnos 20 minutos. Somos dos españoles que tenemos que correr de un avión a otro. Joan, majérrimo tipo que lleva viviendo 6 años en la India, me será de gran ayuda cuando llegue a Madrás y, como él, haya perdido las maletas (que no corrieron como nosotros) y tenga que poner una reclamación y pedir dinero en efectivo para comprarme calzoncillos. Al fin y al cabo, pienso cuando recibo unas 5000 Rupias, he hecho bien en no cambiar divisas en Barajas. Llego a mi nueva casa 5 horas más tarde respecto a lo previsto, ya enteramente sudado y listo para irme de compras. Convulso día que de aséptico tiene lo que India: nada en absoluto.