Con faldas y a lo lluvia

mono que bosteza en Kochi

                                               Largo es el monzón

 

Un hito o una gran habilidad pueden ser, si no realizados, sufridos o celebrados dependiendo de la posición de quien lo observa. De esta forma el eufórico recuerdo del gran tirador de los Indiana Pacers de los ’90, Reggie Miller, puede convertirse en un martilleo constante, una amenaza que no solamente se ha demostrado letal en cada aparición suya, sino que se adueña de los sentidos y la voluntad de quien la sufre por no intuir posible la víctima otra alternativa para la siguiente acción que no sea el latigazo, la impotencia y el reconocimiento de una superioridad ajena y dolorosa: una canasta despiadada, idéntica a las anteriores y que anuncia las siguientes.

Así como el balón perfora una y otra vez el aro que en esta ocasión es propio y no ajeno, cae la lluvia en Chennai inevitablemente. La caída vertical del esférico encestado produce a su paso el sonido de una seca fricción con la red, repetido una y otra vez con la constancia de los grandes tiradores capaces de hacer que la red suene siempre igual que en el tiro anterior. En la cabeza de quien defiende a tan excelso jugador el ruido, al repetirse, lo transporta a la canasta anterior, haciendo que el tiempo transcurrido entre canasta y canasta desaparezca, creándose así un sonido constante y aterrador pero arrítmico, como el de un cardiograma hospitalario que anuncia malas noticias.

Pensar en un evento concluido aporta el balón de oxígeno necesario para que el paciente, alienado y fumando como Brecht mientras asiste al teatral espectáculo, vuelva a recuperar el pulso. Llega tarde esta reflexión de un entregado yo que compara la angulatura de la perforación del aro (ningún gran tirador consigue que la trayectoria del balón al alcanzar el parqué forme un ángulo de 90 grados y exactamente perpendicular con el aro del que proviene) con las diferentes lluvias que afirma Forrest Gump que existen en el mundo -vietnamita-. No, Reggie Miller no producía una lluvia plúmbea de balones contra el suelo, sino una elegante parábola que, al entrar en contacto con la red, se frenaba y friccionaba; pero no era detenida en seco esa pelota ganadora.

Aquí la fricción contra el cristal de la ventana y la perpendicularidad de las líneas ininterrumpidas de lluvia con el suelo sí son precisas y perfectas. Como la lluvia de Reggie Miller, la de Chennai es constante, te atrapa y, cuando creías que podías mirarla con rural alegría por el fin de la sequía, te deja sin luz y encerrado tres días en tu vivienda, aportándote esa burguesa para algunos y para otros humana desesperación por la súbita inaccesibilidad a luz y electrodomésticos. Lo que es indiscutible es que mi casa no se ubica, como muchas otras, cerca del río, y se eleva pocos pero decisivos centímetros sobre el nivel de la acera; es, por consiguiente, un espacio felizmente seco.

Escribo ahora mismo a la luz de una vela, recordando cómo esta tarde he visto en la calle de mi casa a gente caminando tranquilamente mientras el agua les llegaba por las rodillas. La naturalidad con que lo hacen contrasta con la estadística (peor monzón en Chennai en los últimos 30 años, y a punto de superar a ese también) y con la absoluta y bien acomodada parábola de quien suscribe todo esto; dispénsenme, mañana es mi cumpleaños y la perspectiva es poco halagüeña para su celebración.

Pero contemos historias verdaderas: en la última inundación ocurrida hace dos semanas, en una localidad cercana a Chennai, dos personas se presentaron en un centro médico con la pierna mordida y una serpiente muerta sostenida en la mano de uno de ellos. “Íbamos caminando por la calle inundada y sentimos una mordedura que no pudimos ver (las aguas estancadas son bien oscuras). A tientas intentamos encontrar al agresor, y aquí la traemos. ¿Es venenosa?”, me relata un amigo que tuvo que atender a esas dos personas. Tan alegre me mostré por saber que no era una especie venenosa como por estarme sentado sabiéndome en la parte seca de la sonora fricción del agua con las ventanas (o el suelo, si mantenemos hasta sus últimas consecuencias la extraña teoría de los ’90).

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Más historias verdaderas. Ola Cabs, la aplicación de taxis más importante de Chennai, ha activado un servicio de barcos sin motor: un hombre arrastra una barquilla con sus piernas sumergidas en el agua turbia (hola, serpientes) mientras el cliente avanza pacientemente sentado sobre la embarcación.

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Y una última: un camión fue grabado mientras conducía por una carretera urbana llena de agua. Un puente sin protección debía de ocultar esa agua traicionera, porque, cual Titanic en hundimiento a velocidad x120, el enorme camión fue de golpe absorbido por la corriente y de él nunca más se supo.

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Así transcurre el primer monzón que vivo, mucho más alegre de como lo pintan; no ya por haber podido atravesar con chanclas y a salto de niño sobre charco infinito calles inundadas hasta alcanzar el supermercado obviamente cerrado; o por haber disfrutado un trayecto en tuc-tuc en el que los pies aun estando dentro del vehículo iban directamente sumergidos en el agua; o por haber sufrido entonces y disfrutado ahora (el recuerdo de) un trayecto en moto de vuelta del trabajo con, otra vez, los pies flotando más que reposándose en la superficie de la scooter. Es también más alegre por haberme vuelto a encontrar con Reggie Miller. Aun de forma un poco extraña.

““““

Yo en un mundo paralelo que no quiero conocer

Los pasajeros de autobús tampoco se salvan de las inundaciones

Esto ni es de Chennai ni es de este año pero vaya con las arenas movedizas

 

 

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