bubble poff


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Me despierto en búsqueda de la perfección. La maleta está hecha, me acabo de duchar, el zumo de naranja natural del desayuno está más dulce de lo que podía preverse, mi madre, que las ha exprimido con el afecto que a esas horas le caracteriza, me lleva al aeropuerto. Facturo la maleta nada más llegar, casi tres horas antes del despegue. Soy el primero en hacerlo, elijo ventanilla, paso el control de pasaportes, soy el único. Intento cambiar unos pocos Euros a Rupias Indias, y el servicio del aeropuerto no me defrauda: como siempre, intenta estafar al cliente con sus tarifas abusivas, lo que me da la posibilidad de ocupar mi tiempo en comparar las cuotas en diferentes compañías para que se hagan más amenas las dos horas que faltan. 1 E=56 RI, cuando mi móvil dice que su valor actual es 1 E=74,3 R.I. Ninguna queja, me divierte la indignación.

En cuanto me quedo sin entretenimiento, abro un libro que me ha dejado para la ocasión mi primo, pero alguna página después de empezarlo me entra un retortijón. Cosas de la vida, partes hacia India para pasar un año y tu primer amago de diarrea surge en Madrid. Zumo de naranja, me digo a mí mismo, tan amenazante como un café y un cigarrillo. Tampoco es para tanto, pero la asepsia soñada se desvanece. Al fin y al cabo, me consuelo, tampoco he embalado la maleta y soy de los que no lo hará nunca, aunque lleve alguna botella que, de romperse, acabará con toda mi ropa.

Saudi Airlines anuncia el vuelo, puerta B19, hombres de negocios españoles no se mezclan con algunos saudíes (o así) varones con vestimenta religiosa, quienes tampoco se mezclan con un -parece- viaje organizado para señoras saudíes (o así), todas vestidas iguales. Subimos al avión. Tres filas más atrás de donde estoy yo, entre los pasajeros destaca uno que, antes siquiera de abrocharnos los cinturones, empieza a repetir sistemáticamente dos palabras en árabe (o así) incomprensibles. Está sentado, tiene los pantalones bajados hasta los tobillos, las manos en la cabeza y se mueve al son de su propio mantra, golpeándose suavemente contra el asiento de delante. Nadie entiende nada, una mujer con chaleco amarillo del aeropuerto de Madrid entra en el avión y, después de intentar hablar con este hombre, dice para sí misma: “¡justo el día en que hay inspección!”, y llama a un agente de seguridad. El agente viene y, después de intentar hablar con este hombre, llama a la Guardia Civil, que llega, agarra a este hombre de un brazo y lo saca del avión, aferrado todavía a sus propios pantalones, ya quitados del todo. Media hora después, agentes de “Inspección de seguridad” vienen a limpiar el asiento y, como dice mi compañero de viaje, alemán de unos 40 años, “a busscarr bombas”. Parece que no las encuentran, pero ello no evita que despeguemos 1 hora y media después de lo previsto con destino Jeddah, donde yo debía hacer una escala de 3 horas para seguir dirección Madrás. Antes del despegue, Saudia Airlines nos deleita con una oración que, como explican por megafonía en inglés, solía pronunciar Mahoma al emprender un viaje.

Salmon Rushdie, Hijos de la medianoche, es el libro que leo en el avión. Historia de la independencia india, y visión polémica del mundo musulmán. Autor y libro prohibidos en Arabia Saudí. ¿Lo había pensado antes de partir? No. El hombre alemán de unos 40 años, poco después de contarme que había trabajado en Jeddah durante un decenio, que consideraba Arabia Saudí un país medieval con fondos desmedidos y que había presenciado amputaciones de mano y ejecuciones públicas, ve de refilón el libro que estoy leyendo, baja la voz y me dice: “¿Ssabes que ese libgo es ilegal en Agabia Saudí? Ten cuidado”. Le miro, lo miro, intento transmitir que la situación está controlada, sigo leyendo un rato concentrado en abrir el libro lo máximo posible para que no se vean ni portada ni contraportada, lo meto en la mochila en cuanto puedo, ahí se queda como principal causante de que esta entrada sea infinita.

Por fin estamos llegando. Una voz masculina empieza a rezar en árabe, y un buen porcentaje de pasajeros repite, bajito y casi de forma anodina, sus mismas palabras. Desde mi ventanilla se ve la ciudad de Jeddah. O la mitad de la ciudad: la otra mitad está inmersa en una brutal tormenta de arena como no había visto en mi vida. El aeropuerto está justo al lado del mar, a la izquierda se ve la nube y todavía algún edificio, a la derecha el cielo azul y el agua del mar Rojo (tengo suerte, mi ventanilla está a la izquierda). El avión desciende -da la sensación que- a toda pastilla, intentando evitar que la tormenta llegue antes que él al aeropuerto. A medida que vamos bajando, la voz del orador suena con más intensidad, y la de los pasajeros se refuerza. Aunque estamos ya bastante bajos, acabamos metidos en la tormenta de arena. El avión empieza a vibrar. La oración se viene arriba. Como, de golpe, el avión: los motores rugen de nuevo, aterrizaje abortado, superamos en altitud a la tormenta y a esperar dando vueltas por el cielo…

O una sola vuelta, porque el piloto, venido arriba también, pretende volver abajo, esta vez sin prisas ni visibilidad; se ve la masa naranja justo debajo de nosotros. La oración, que nunca se ha extinguido, vuelve a recuperar su vigor a medida que comienza el descenso. No hay manera de interrumpir los 6 idénticos versos que se repiten una y otra vez. Cuando todo se convierte en naranja amarillento por la ventanilla, el avión vuelve a temblar y se extiende un nerviosismo que solo los que rezan comparten (mentira: yo miro a mi alemán de reojo, muevo los pies y empiezo a jugar al Chess en la pantalla que tengo delante, aunque apenas muevo dos piezas en todo este rato). El descenso se hace todavía más largo que el anterior, no puede saberse a qué altura estamos, el naranja de fuera colorea el blanco de las paredes del avión, mi alemán comenta -él que conoce las tormentas de arena y sus manos que me imagino allí dentro voladoras y amputadas por leer libros prohibidos)- que “no hay rraios, es buena señal, no es de las eléctgicas”, pero que “hjamás intentan ategisagh con toghmenta”. Seguimos bajando, siguen orando, y de golpe los motores rugen otra vez, aterrizaje abortado, volvemos a elevarnos -después de otro buen rato vibrador- sobre la tormenta. El capitán es el único capaz de acallar a los que rezan anunciando que nos desviamos a otro aeropuerto.

Aterrizamos, 1 hora después, en Taif. 3 horas después, volvemos en el mismo avión a Jeddah. Llego tarde para mi conexión, pero el vuelo a Madrás se ha retrasado y solo han tenido que esperarnos 20 minutos. Somos dos españoles que tenemos que correr de un avión a otro. Joan, majérrimo tipo que lleva viviendo 6 años en la India, me será de gran ayuda cuando llegue a Madrás y, como él, haya perdido las maletas (que no corrieron como nosotros) y tenga que poner una reclamación y pedir dinero en efectivo para comprarme calzoncillos. Al fin y al cabo, pienso cuando recibo unas 5000 Rupias, he hecho bien en no cambiar divisas en Barajas. Llego a mi nueva casa 5 horas más tarde respecto a lo previsto, ya enteramente sudado y listo para irme de compras. Convulso día que de aséptico tiene lo que India: nada en absoluto.

3 comments

  1. O sea, que tienes un potencial terrorista-exhibicionista de compañero de avión, un paranoico de vecino de asiento, una experiencia aterrizando de las que crean miedo a volar a gente que se afeita sin espuma, dos horas de rezos en estereo y al llegar estás sin maleta, con el estómago revuelto y sin muda de calzoncillos.

    Con lo precioso que es Cuenca.

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