Los jainistas y Pitágoras

Hace tres años recuerdo que degusté una fantástica comida kosher en un vuelo de Boston a Seattle aprovechando la oportunidad que brindaba la aerolínea, en el momento de la reserva, de elegir el tipo de menú deseado. Gracias a la compañía india JetAirways, la gastronomía de otra cultura se cruzó en mi camino por culpa de Céline, mi compañera de viaje. En efecto, nos reunimos una tarde para comprar los vuelos y decidir en qué hostales nos quedaríamos; pocas horas antes, le había yo robado dos rotuladores de pizarra en la universidad, y Céline pensó en sacar partido de la amplia oferta gastronómica que ofrecía JetAirways reservando para mi asiento el menú más raro que encontrara: “a Jain meal”. Ni Céline ni yo sabíamos en qué consistía ese tipo de comida, pero ella estaba convencida de que me quedaría con más hambre que cualquier otro pasajero del avión y se daba por satisfecha en su persecución del restablecimiento de la justicia entre nosotros.

jainismo

                                     Hola Jainismo

Unos días antes de despegar de Chennai me encontré con un extraño artículo que destacaba el índice de alfabetización de la minoría jainista como el más elevado entre todas las mayorías o minorías religiosas de India. Este dato activó mi curiosidad y me lancé a investigar acerca de su comida; descubrí que los seguidores de esta religión tienen como principio fundamental evitar ejercer violencia contra cualquier ser vivo; una consecuencia de ello es que todos los jainistas son veganos. Sin embargo, una particularidad más llama la atención de entre sus costumbres gastronómicas: los seguidores de este credo consideran también seres vivos a los tubérculos y otros cuerpos que crecen debajo de la tierra. Zanahorias, patatas, etc. no pueden ser comidas a causa de la capacidad de estas hortalizas de seguir creciendo aun después de arrancadas del suelo. La venganza de Céline había dado sus frutos: JetAirways me facilitaría, con toda probabilidad, una bandeja con medio tomate, un plátano y, con suerte, un plato de arroz blanco. Una retorcida posibilidad me llenaba de esperanza y pánico a la vez: nuestro vuelo era nocturno, y los jainistas tienen prohibido comer tras la puesta de sol. ¿Sería acaso mi menú la ausencia del mismo? ¿Decidirían romper las reglas del todo y, por ser de noche, saltarse también el resto de restricciones? Céline, desde luego, había dado en el blanco.

elefante instagram

El viaje transcurrió con cierta normalidad: llegamos a Varanasi (o Benarés) y nos sumergimos en sus ritos funerarios a pie del Ganges guiados por un Babaji que decidió enseñarnos todo a cambio de un kilo de arroz; seguimos con la visita a una menos espiritual y mucho más capitalista Agra, donde sus maravillas mongoles deslumbran a cada uno de los miles de turistas que pasan por ahí cada día; y terminamos en Jaipur, ciudad en la que nos encontramos, paseando por una avenida, a un elefante con su jinete, y, visitando su deslumbrante Palacio Real, a una pareja de monjes jainistas.

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                                                       Babaji y Céline

Durante todo el viaje había estado yo quejándome de que, en los últimos 5 días, cada quince minutos algún indio quisiera hacerse una foto con nosotros (o, más bien, con Céline). Se acercaban, sonreían, nos enseñaban su móvil, se colocaban en posición, disparaban un selfie. Ahora era mi turno. Ahí estaba yo, sin prestar atención a lo que Céline me decía, ni ante lo que Céline se detenía en el interior del palacio: solo tenía ojos y pasos para los ágiles monjes que, vestidos completamente de blanco, llevaban un ritmo mucho más elevado que el resto de visitantes. La persecución duró 10 minutos en los que no tuve la valentía para pedirles que me permitieran hacerles algunas preguntas o fotografiarme con ellos. Finalmente, cuando salieron del palacio y se detuvieron un segundo, aproveché y puse en práctica el movimiento que había sufrido durante tantas y tantas veces desde que llegué a India: “Hello, excuse me, are you Jain monks?”

foto 1 jainismo

                                                                     Ojos cerrados no matan moscas

El principio de no-violencia que domina todo su sistema de pensamiento no solamente afecta a los alimentos que consumen. Cuando los vi, tal y como había leído anteriormente, constaté que ambos monjes llevaban unas máscaras bastante aparatosas cuya función era impedir que, con el acelerado movimiento de sus pasos, ningún ser animado pudiera morir accidentalmente tragado por alguna de sus bocas. Debido a esa máscara, apenas pude entender lo que me contaron.

Esta religión, tan remota aparentemente, no estuvo lejos de penetrar en Occidente en el siglo VI a.C. de manos de Pitágoras. Más conocido por sus armonías universales, los números o su teorema patentado, el filósofo griego fue también sacerdote, y los jainistas se declaran principal influencia y fuente de inspiración del credo pitagórico. De hecho, Pitágoras creía, como los jainistas e hindúes, en la reencarnación; en una ocasión, al ver a un conciudadano golpeando a su perro, le gritó que dejara de hacerlo, puesto que reconocía en el ladrido del animal la voz de un amigo de otra vida (el pensador de Samos era famoso por recordar sus vidas pasadas, en especial su reencarnación en Euforbo, un héroe troyano). Asimismo, fue famoso por ser uno de los más populares ascetas precristianos en cuyo pensamiento el sacrificio y la culpa cumplen un papel fundamental (“Las fatigas son buenas y los placeres son malas en todo caso, pues al haber venido como castigo debemos ser castigados”). A todos sus seguidores exigió un voto de silencio (que podía durar hasta 7 años) para entrar en la secta, frugalidad en el dormir y el comer, y, a los más devotos, prohibió el consumo de carne siguiendo la costumbre jainista.

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Los seguidores de Pitágoras se multiplicaron en Crotona y todo el sur de la península itálica, y llegaron a tomar el poder y gestionar algunas ciudades de esa zona. De hecho, el pitagorismo bien hubiera podido difundirse por todo Occidente y, quién sabe, igual haber pervivido hasta nuestros días, tal y como ha conseguido el Jainismo. De igual modo que en la religión oriental, el principio de no-violencia entre seres vivos y la creencia en la reencarnación eran fundamentales también para Pitágoras.

Una particularidad fue la que acabó con la tradición pitagórica: la casi legendaria muerte de su fundador. Para Pitágoras, uno de los principales motivos que enfermaban al ser humano eran las flatulencias; por ello, las habas blancas estaban tan prohibidas como el consumo de carne animal (por eso y porque, denunciaba Pitágoras, las habas parecían genitales masculinos). Habiendo alcanzado un poder nada desdeñable en el sur de Italia, a los pitagóricos se les enfrentaron peligrosos enemigos, y en una ocasión, cuentan Jámblico y Diógenes Laercio en sus biografías del maestro, Pitágoras tuvo que huir de su ciudad ante tal amenaza. Perseguido por numerosos soldados, corrió a campo abierto y seguramente habría sobrevivido de no ser porque se topó con un campo de habas florecientes en su camino. En cuanto se percató, se detuvo en seco y afirmó que habría preferido la muerte antes que introducirse en semejante campo sembrado. Así fue como le alcanzaron y le dieron muerte a él y a muchos de sus seguidores. Poco después los pitagóricos perderían su importancia como colectivo y desaparecerían definitivamente algunos años más tarde.

Si las habas fueron el talón de Aquiles de Pitágoras, nada detuvo a los jainistas, que perviven desde hace siglos diseminados por India y a los que, se dice, los diferentes imperios invasores respetaron por la manera humilde y cordial que siempre mostraron en sociedad. Un respeto que, en ultimo término, olvidaron los asistentes de vuelo de JetAirways: ya de vuelta de Jaipur destino Chennai, en mi vuelo pude disfrutar de una bandeja de pollo con arroz al curry para decepción de Céline.

pitágoras y habas

                                                                 Pitágoras y las habas

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