Lideresa tamil

Como cada mañana de los días laborables pares, atravieso en moto la ciudad de Chennai para acudir a la Universidad de Madrás, ubicada justo frente a la portentosa Marina Beach. Debo recorrer 6 kilómetros de jungla de asfalto y unos 4 kilómetros de paseo marítimo hasta llegar al campus construido allá por el siglo XIX, en un estilo indo-sarraceno con influencia bizantina (afirman mis compañeros de departamento; yo sería solo capaz de decir que tiene arcos y me recuerda a películas extravagantes ambientadas en periodo colonial). El Departamento de Francés y Otras Lenguas Extranjeras se ubica en un pequeño edificio de dos plantas, casi escondido entre construcciones más grandes.

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Marina Beach, playa y desierto

Lo primero que uno se encuentra al visitarlo es un póster de Romano Prodi, ex-presidente italiano que estuvo allí para inaugurar una clase con pizarra electrónica y aire acondicionado (presumiblemente ‘roto’ desde hace cuatro años) financiada por el gobierno italiano y bautizada como sala Pirandello. Una rivalidad que en estos días podía calificarse de motociclista se estableció gracias a Prodi entre italiano y español en mi departamento: pese a contar con muchos más estudiantes, la clase de español se ve relegada desde hace años a un aula minúscula sin proyector; la profesora de italiano sonríe al saber que pase lo que pase siempre contará con la clase buena. Conviértase esto en oficial petición a nuestro presidente, que seguro que estará al tanto de este blog: Mariano, te necesitamos en Chennai.

El departamento consta de 4 aulas, una secretaría, una reducida biblioteca y un estudio para los profesores. Dicho estudio, situado en el piso de arriba, está dividido en dos espacios: uno para los profesores que cuenta con dos ordenadores y una mesa bastante grande, y otro para la jefa de departamento; los separa una pared acristalada. De todo el edificio, solo esta última está dotada de aire acondicionado. No es infrecuente que se empañe el cristal separador, y que el resto de profesores lo veamos sentados en la mesa, mientras una gota de sudor resbala por nuestras mejillas.

En algún momento de la mañana se oyen tres bocinazos de un coche. En nunca más de 15 segundos Baskar, encantador administrativo y chico-de-los-recados de 40 años, acude a todo correr al estudio de la jefa de departamento para encender el aire acondicionado a máxima potencia. Inmediatamente después sale disparado hacia el pasillo y se lanza escaleras abajo. En el coche aguarda Chitra, mujer de unos 60 años, con las ventanillas subidas. Baskar abre la puerta del vehículo desde fuera y Chitra sale, avanza con pasos cortitos y va subiendo escalón a escalón, muy despacio. Cuando llega al estudio, Baskar la adelanta y abre la puerta de su despacho, ya razonablemente frío.

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Puerta principal de la Universidad de Madrás

Todavía recuerdo el día de mi llegada, cuando se me condujo a ese lugar que siempre está a unos 17 grados y en el que Chitra se mostró encantadora. Nada más entrar vi una foto de Prodi y ella, bien colocada en un estante. Hablamos durante prácticamente una hora y media; a los diez minutos de empezar la conversación Chitra llamó a secretaría; alguien vino, y Chitra reclamó que Baskar se presentara inmediatamente ante ella. Menos de dos minutos después Baskar se presentó y la jefa comenzó, cambiando el tono de su voz y su gesticulación, a gritar enrabietada en lengua tamil mientras Baskar sonreía tembloroso y cabeceaba sin pausa. En cuanto terminó su bronca (cuyo motivo nunca llegué a conocer), se giró hacia mí, volvió a cambiar el tono de voz excusándose por que tuviera que presenciar el conflicto, y me preguntó si quería un té. Asentí aturdido y de nuevo Chitra se volvió hacia Baskar y con el mismo tono de antes dijo algunas palabras de las que solo pude entender “chai”. Como puede imaginarse, no tardó mucho en llegar la bandeja con dos tés calientes, muy buenos y adecuados para la temperatura gélida en la que estábamos. Mientras esperábamos las bebidas, Chitra me fue explicando que el grito y la agresividad son muchas veces las únicas maneras en que una puede ser respetada en India como mujer y como jefa. Así pues, grito pelado y carácter resoluto. Volvió a excusarse de nuevo por la escenita y me preguntó tranquila por mi vuelo a Chennai.

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Jayalalithaa y el pueblo

En una sociedad fuertemente discriminatoria de la mujer, hay otro ejemplo de liderazgo femenino que linda casi con una idolatría que Pablo Casado podría calificar de populismo bolivariano extremo. La presidenta del estado de Tamil Nadu (cuya capital es Chennai) es Jayalalithaa, con a sus espaldas una ya larguísima carrera política. Precursora de Schwarzenegger, Jayalalithaa fue en sus inicios una estrella del cine indio que en 1984 entró en política y en 1991 se convirtió en chief minister de Tamil Nadu. Hasta el día de hoy, lo ha sido en cinco periodos diferentes, à la Berlusconi, y sigue siéndolo actualmente.

A finales del siglo XX fue imputada por enriquecimiento personal ilícito durante su periodo de gobierno entre 1991 y 1996. La noticia no tiene desperdicio; en 1997 registraron el jardín de su casa y encontraron unas cuantas cosas que transcribo tal cual:

A raid in her Poes garden residence in 1997 recovered 800 kg (1,800 lb) silver, 28 kg (62 lb) gold, 750 pairs of shoes, 10,500 sarees, 91 watches and other valuables.

Esto, junto a una fortuna incalculable y fiscalmente injustificable dio inicio a un proceso judicial que se alargó hasta 18 años, trasladado de Tamil Nadu a Karakata y Bangalore para evitar interferencias políticas en el mismo. Hasta dos veces tuvo la presidenta que dejar su cargo, siendo el primer caso en la historia de la democracia india en que el presidente de un estado se encontraba en tesitura semejante. El día de mayor tensión fue el 27 de septiembre de 2014, cuando por fin salió una resolución oficial en Bangalore. Tamil Nadu entero estaba expectante, y la resolución, programada para las 11 de la mañana, no se produjo hasta las 5 de la tarde. Jayalalithaa fue condenada a cuatro años de prisión y a pagar mil millones de rupias (unos 135 millones de euros). La población de Tamil Nadu, devota de Jayalalithaa, se agitó y comenzaron unos disturbios bastante graves. El periódico The Times of India (enlace aquí) informa de que un mínimo de 16 personas murió a raíz de la publicación de la noticia. Tres personas se ahorcaron, un seguidor del partido de Jayalalithaa se autoinmoló quemándose vivo, otro saltó a las ruedas de un autobús y otro más usó veneno para acabar con su vida. Esa misma tarde se registraron hasta 10 muertes por paro cardiaco muy posiblemente relacionado con la difusión de la noticia, según declaraciones de las autoridades.

Si el juzgado de Bengalore la declaró culpable, el de Karnakata (otro estado indio) la absolvió de todos los cargos el 11 de mayo de 2015; dicha resolución prevaleció sobre la anterior, que fue anulada a todos los efectos, por lo que Jayalalithaa fue liberada de la cárcel y volvió a poder participar activamente en la vida política. El 23 de mayo, menos de dos semanas después, volvió a su lugar predilecto, y hasta el día de hoy sigue ocupando la presidencia de Tamil Nadu. Ahí es nada.

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