Month: December 2015

Graves inundaciones en Chennai

Desde el pasado martes y hasta hoy sábado la mayor parte de la ciudad de Chennai -de 6 millones de habitantes- se ha mantenido sin electricidad, con escaso acceso a agua potable y en un estado de colapso total. Hoy, algunos barrios han recuperado ya la corriente y algunas calles vuelven a abrir al tráfico (que en verdad nunca estuvo cerrado: siempre hay algún valiente en esta ciudad que se abalanza sobre el asfalto anegado con un autobús público abarrotado de gente, o con su scooter privado intentando llegar a su destino y teniendo que forzar el motor para mover el vehículo porque el agua cubre prácticamente sus dos ruedas). Ya ha habido unas 300 personas fallecidas y más de 200.000 evacuados. La ciudad se ha movilizado y se han habilitado lugares públicos para que la gente sin casa pueda refugiarse y puntos de distribución de agua y alimentos. Aun a día de hoy, el problema sigue siendo el acceso a las zonas más afectadas para distribuir los bienes de primera necesidad.

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Dada la situación, sorprende que apenas medios británicos y franceses, más cercanos a esta ciudad por motivos industriales o históricos, se hayan hecho eco de esta crisis (conclusión sacada en pocos minutos -hay que ahorrar batería- de búsqueda en los medios más generalistas de nuestros países vecinos; espero equivocarme). Durante días se ha recomendado a todos los ciudadanos permanecer en sus casas y ser cautos a la hora de salir. El mayor problema reside en la crecida de ríos y lagos; pese a que la lluvia hoy ha remitido, todavía se avisa de la posibilidad de nuevas crecidas e inundaciones. En los últimos días, de hecho, se ha acusado al gobierno local de falta de información y previsión: parece ser que se han tenido que liberar grandes cantidades de agua de algunos lagos provocando consecuentemente inundaciones en zonas cuyos habitantes no fueron advertidos con tiempo.

Algunas historias se han ido difundiendo, sobre todo provenientes de la zona de Guindy, una de las más afectadas. Si el martes ya se había anunciado la necesidad de evacuar una gran parte de ese barrio, ese mismo día a las 8:30 de la tarde una familia que había decidido quedarse empeñada en no abandonar su propia casa pedía auxilio desde la azotea de su vivienda, la única zona libre del agua creciente. Los servicios de rescate no pudieron acceder a esa zona hasta más de un día después. Durante el miércoles, en muchos otros lugares, familias enteras se hacinaban en las azoteas de sus casas y esperaban que los helicópteros se acercaran allí y lanzaran paquetes con comida y agua. Es una terrible situación estar rodeado de agua hasta el cuello y tener como principal necesidad la falta de agua potable.

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4000 soldados fueron desplegados durante el miércoles y el jueves, y siguen trabajando junto a unos dos centenares de barcos cuya misión es el acceso a las zonas más conflictivas. La repartición de alimentos  se ha hecho, he podido leer y corroborar en mi barrio, de manera muy eficiente y voluntariosa. Muchas viviendas en zona seca han abierto sus puertas a algunos de los que se quedaron sin ningún sitio en el que refugiarse. Desde hace tres días, un matrimonio y un abuelo se han instalado en una habitación que teníamos libre en nuestro apartamento: el anciano es hermano de uno de nuestros vecinos. Durante los últimos días, además, no pudiendo cocinar en nuestra vivienda, hemos recibido cada día comida y cena calientes preparadas por vecinos con un hornillo de gas que mucho hemos echado en falta en estos días. La nota más positiva que saco de estos días (fácil de decir por no estar en una zona especialmente problemática) es la actitud de toda la gente de nuestro alrededor. Siempre sonrientes y amables; también tomándonos un poco el pelo a los dos blanquitos del barrio (mi compañera de piso francesa y yo): cada vez que salímos a la calle y caminamos por el agua radiactiva que nos llega hasta el gemelo, nos miran sonriendo y dicen: ‘Welcome to India, my friends! Where you from?’. En una ocasión, incluso, tres jóvenes muy simpáticos nos interceptaron y nos pidieron que les hiciéramos una foto en la que salen bien sonrientes. ‘This is bad, but we can manage, take a photo of us, good memory for you’.

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                                   Ellos son

Uno de los puentes que vertebran la ciudad ha sido completamente sumergido por el río Adyar; mi universidad va a cerrar las puertas, en principio, de lunes a lunes (se espera que después de este fin de semana ya se pueda recuperar la rutina normal); dos amigos que volvían el mismo martes de Pondicherry a Chennai llegaron ayer por la tarde, viernes, a su vivienda, casi milagrosamente. Está siendo una semana muy difícil para una ciudad que, de todas maneras, ve cómo las víctimas son siempre quienes viven a la orilla del río en casas o chabolas que se lleva íntegramente la corriente. En mi pequeño bloque residencial (ocho viviendas están agrupadas en una zo20151202_164300na cerrada), en el que vive gente acomodada, ayer se nos dio una pequeña gran alegría: un camión se introdujo en el recinto transportando un enorme generador, que se conectó a todas las viviendas. Entre todos pagamos una hora de electricidad en la que se pudieron recargar los aparatos móviles, cocinar por primera vez en días, rellenar el tanque de agua vacío y, por tanto, hacer un uso abusivo burgués de la ducha una tantum. Cuando el camión tocó la bocina, todos los vecinos salimos entusiasmados y echando de menos al alcalde de Bienvenido Mr. Marshall para que nos liderara hacia el encuentro de los camioricanos.

Amigos de diferentes barrios más al sur que el mío me confirman que la electricidad está volviendo, y con ello también una cierta tranquilidad que parece confirmar que  todo vuelve poco a poco a la normalidad. Esperemos que vuelva también aquí pronto. Ha pasado lo peor, al menos para los que no hemos tenido que abandonar una habitación con cama flotante.

Con faldas y a lo lluvia

mono que bosteza en Kochi

                                               Largo es el monzón

 

Un hito o una gran habilidad pueden ser, si no realizados, sufridos o celebrados dependiendo de la posición de quien lo observa. De esta forma el eufórico recuerdo del gran tirador de los Indiana Pacers de los ’90, Reggie Miller, puede convertirse en un martilleo constante, una amenaza que no solamente se ha demostrado letal en cada aparición suya, sino que se adueña de los sentidos y la voluntad de quien la sufre por no intuir posible la víctima otra alternativa para la siguiente acción que no sea el latigazo, la impotencia y el reconocimiento de una superioridad ajena y dolorosa: una canasta despiadada, idéntica a las anteriores y que anuncia las siguientes.

Así como el balón perfora una y otra vez el aro que en esta ocasión es propio y no ajeno, cae la lluvia en Chennai inevitablemente. La caída vertical del esférico encestado produce a su paso el sonido de una seca fricción con la red, repetido una y otra vez con la constancia de los grandes tiradores capaces de hacer que la red suene siempre igual que en el tiro anterior. En la cabeza de quien defiende a tan excelso jugador el ruido, al repetirse, lo transporta a la canasta anterior, haciendo que el tiempo transcurrido entre canasta y canasta desaparezca, creándose así un sonido constante y aterrador pero arrítmico, como el de un cardiograma hospitalario que anuncia malas noticias.

Pensar en un evento concluido aporta el balón de oxígeno necesario para que el paciente, alienado y fumando como Brecht mientras asiste al teatral espectáculo, vuelva a recuperar el pulso. Llega tarde esta reflexión de un entregado yo que compara la angulatura de la perforación del aro (ningún gran tirador consigue que la trayectoria del balón al alcanzar el parqué forme un ángulo de 90 grados y exactamente perpendicular con el aro del que proviene) con las diferentes lluvias que afirma Forrest Gump que existen en el mundo -vietnamita-. No, Reggie Miller no producía una lluvia plúmbea de balones contra el suelo, sino una elegante parábola que, al entrar en contacto con la red, se frenaba y friccionaba; pero no era detenida en seco esa pelota ganadora.

Aquí la fricción contra el cristal de la ventana y la perpendicularidad de las líneas ininterrumpidas de lluvia con el suelo sí son precisas y perfectas. Como la lluvia de Reggie Miller, la de Chennai es constante, te atrapa y, cuando creías que podías mirarla con rural alegría por el fin de la sequía, te deja sin luz y encerrado tres días en tu vivienda, aportándote esa burguesa para algunos y para otros humana desesperación por la súbita inaccesibilidad a luz y electrodomésticos. Lo que es indiscutible es que mi casa no se ubica, como muchas otras, cerca del río, y se eleva pocos pero decisivos centímetros sobre el nivel de la acera; es, por consiguiente, un espacio felizmente seco.

Escribo ahora mismo a la luz de una vela, recordando cómo esta tarde he visto en la calle de mi casa a gente caminando tranquilamente mientras el agua les llegaba por las rodillas. La naturalidad con que lo hacen contrasta con la estadística (peor monzón en Chennai en los últimos 30 años, y a punto de superar a ese también) y con la absoluta y bien acomodada parábola de quien suscribe todo esto; dispénsenme, mañana es mi cumpleaños y la perspectiva es poco halagüeña para su celebración.

Pero contemos historias verdaderas: en la última inundación ocurrida hace dos semanas, en una localidad cercana a Chennai, dos personas se presentaron en un centro médico con la pierna mordida y una serpiente muerta sostenida en la mano de uno de ellos. “Íbamos caminando por la calle inundada y sentimos una mordedura que no pudimos ver (las aguas estancadas son bien oscuras). A tientas intentamos encontrar al agresor, y aquí la traemos. ¿Es venenosa?”, me relata un amigo que tuvo que atender a esas dos personas. Tan alegre me mostré por saber que no era una especie venenosa como por estarme sentado sabiéndome en la parte seca de la sonora fricción del agua con las ventanas (o el suelo, si mantenemos hasta sus últimas consecuencias la extraña teoría de los ’90).

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Más historias verdaderas. Ola Cabs, la aplicación de taxis más importante de Chennai, ha activado un servicio de barcos sin motor: un hombre arrastra una barquilla con sus piernas sumergidas en el agua turbia (hola, serpientes) mientras el cliente avanza pacientemente sentado sobre la embarcación.

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Y una última: un camión fue grabado mientras conducía por una carretera urbana llena de agua. Un puente sin protección debía de ocultar esa agua traicionera, porque, cual Titanic en hundimiento a velocidad x120, el enorme camión fue de golpe absorbido por la corriente y de él nunca más se supo.

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Así transcurre el primer monzón que vivo, mucho más alegre de como lo pintan; no ya por haber podido atravesar con chanclas y a salto de niño sobre charco infinito calles inundadas hasta alcanzar el supermercado obviamente cerrado; o por haber disfrutado un trayecto en tuc-tuc en el que los pies aun estando dentro del vehículo iban directamente sumergidos en el agua; o por haber sufrido entonces y disfrutado ahora (el recuerdo de) un trayecto en moto de vuelta del trabajo con, otra vez, los pies flotando más que reposándose en la superficie de la scooter. Es también más alegre por haberme vuelto a encontrar con Reggie Miller. Aun de forma un poco extraña.

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Yo en un mundo paralelo que no quiero conocer

Los pasajeros de autobús tampoco se salvan de las inundaciones

Esto ni es de Chennai ni es de este año pero vaya con las arenas movedizas