Cementerio de elefantes

IMG_0352 (1)Cuenta la leyenda que el omnipotente Shiva dejó preñada a la diosa Parvati y se marchó de casa durante una temporada. Al volver, años después, quiso entrar de nuevo en su mansión, pero un decidido guardián se lo impidió siguiendo la orden de no permitir el paso a extraños. No acostumbrado a recibir un no por respuesta, Shiva se enfrentó al guardián y le cortó la cabeza de cuajo. Parvati, mientras tanto, se estaba dando un baño y no oyó nada, pero cuando salió y descubrió a su hijo partido en dos en el suelo estalló en llanto y le echó una mirada asesina a Shiva, dándose cuenta este de que el guardián era, efectivamente, su propio hijo. Resuelto a arreglar el desaguisado, Shiva improvisó este juramento: “nuestro hijo debe vivir, y recibirá la cabeza del primer ser vivo que encuentre”. Un elefante pasaba por ahí, y el dios Ganesh recibió tan amado don en forma de orejas y probóscide elefantíacas.

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La madre de Tutsi no le enseñó la técnica del enjuague.

También la vida de los dioses de aquí se antoja dura y abierta en carnes, pero nadie lo dice ni lo representa: la gente se limita a aceptar con alegría al pobre Ganesh y a adorarlo en todas partes (resulta difícil subirse a un rickshaw sin encontrar una pegatina suya). No son pocos los locales que colocan un Ganesh -más grande o pequeño- en la puerta asignándole el rol de guardián y símbolo de buen agüero, y todavía no he conseguido imprimir un documento en alguna tienda cuyo ordenador no tenga a Ganesh como fondo de pantalla (vale, he ido solo a tres, pero la cosa asusta).  Hace unas semanas se celebró el día anual de Ganesh en Chennai, y su gigantesca segunda mayor playa del mundo, Marina Beach, se llenó de millares de personas (las autoridades afirmaron que unas 100.000 personas asistieron al evento; los organizadores, algo más de dos millones), y cada uno llevaba un pequeño ídolo con trompa hecho en barro, y cada uno, con su ídolo elevado sobre su cabeza, se introdujo en el mar hasta la cintura y depositó el ídolo que, previsiblemente, en poco tiempo se desharía y se sumaría a las arenas del océano. No faltó gente que lanzara miradas censuradoras a aquellos que, queriendo adorar más y mejor, habían fabricado o comprado ídolos de barro con adornos de plata, no tan digeribles por las aguas saladas.

The_Elephant_Man-492972180-largeTanto contrasta un templo de Ganesh y una iglesia con Jesucristo sufridor como el hombre elefante indio y el occidental: uno es abierto, luminoso y sonriente, el otro oscuro, lleno de llagas y reservado. A uno lo celebra todo quisqui con pinturas, música y estatuillas, del otro ya se encarga David Lynch de colocarlo en una sociedad que necesita ver lo más bajo de sí misma para levantarse purificada al día siguiente. Frederick Treves, autor del relato “The Elephant Man” en que se basa la película, describe cómo una inocente y joven enfermera entra por primera vez en la habitación del paciente John Merrick, quien sufre de elefantiasis, sin haber sido advertida de la situación. “As she entered the room she saw on the bed, propped up by white pillows, a monstrous figure as hideous as an Indian idol”. Del susto la enfermera tira el desayuno de John por los aires y echa a correr escaleras abajo. Quizá otros ídolos indios sean tanto o más inquietantes y desagradables. Sin embargo, y pese a los cuatro (o más) brazos de Ganesh y su poco atractiva combinación animal, la comparación parece algo descompensada.

Ganesh y John Merrick parecían fenómenos bien distantes el uno del otro, pero no tuve que esperar mucho hasta encontrar un puente entre ellos: el espectáculo del capital. Pocos días antes de la celebración del Dios con Trompa estuve de visita en Puducherry, excolonia francesa y oasis de occidentalización (alcohol, cigarrillos y hippies autogestionados lo pueblan), y acudí a un famoso templo dedicado a Ganesh, el Arulmigu Manakula Vinayagar (quien lo pueda memorizar a la primera, que venga a vivir conmigo y sea mi lazarillo lingüístico). Allí encontré al famoso elefante Lakshmi justo enfrente del acceso al recinto para bendecir a los fieles en vistas de la cercanía del festival; pude ver con asombro cómo la vieja bestia colocaba su babosa trompa sobre la cabeza de todo aquel que, previamente, hubiera depositado algo en esa misma trompa habilidosa. Lo que al principio creí que eran cacahuetes se demostraron buenos billetes que Lakshmi almacenaba en la punta de su probóscide y, con ellos bien agarrados, sus rupiosas babas se depositaban en el cuero cabelludo de cada cual. Era capaz de acumular hasta 10 o 12 billetes antes de llevar su trompa a manos de su amo, que recogía el dinero de manera mecánica. Dos turistas, probablemente escandinavos, se colocaron frente a Lakshmi sin haberse percatado del tema económico y esperaron la bendición, que no llegaba. Sacaron unos cacahuetes, miraron al domador que asintió y se los dieron a Lakshmi, que se los comió pero siguió en sus trece de bendecir a gentes que realmente lo merecieran. Cuando los turistas se percataron de lo que sucedía, aportaron sus dos billetes y recibieron la bendición. Pese a que la trompa de Lakshmi estaba en ese momento vacía, el animal decidió depositar los billetes justo después de bendecirlos en una demostración del claro triunfo de su sistema educativo.

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                           El elefante blessucón

Cuando ya creía yo que los elefantes no daban más de sí, una nueva manada se cruzó en mi camino. Todo empezó el segundo día de mi llegada, cuando se me ofreció ir al partido de fútbol inaugural de la ‘Indian Hero Soccer League’ entre Chennai y Kolkata, siempre que estuviera dispuesto a animar al equipo local. Sin saber muy bien qué estaba diciendo, dije que por supuesto. Casi un mes después, y ya casi habiéndome olvidado del asunto, fue hora de ir a ver no un partido cualquiera, sino el Chennaiyin F.C.-Atlético de Kolkata (los equipos se escriben tal que así en indio, sí, con tilde y todo). El entrenador del equipo local es Materazzi (el año pasado fue jugador-entrenador, y yo que me lo perdí). Entre sus grandes estrellas, Alessandro Potenza, Manuele Blasi, el francés Mendi o su crack brasileño y cojo, Elano. Enfrente, un equipo que viste de rojiblanco con pantalones azules y que tiene por entrenador al poco indio Antonio López Habas, con a sus órdenes jugadores tan indios y jóvenes como Josemi, Borja, Juan Calatayud o Javi Lara. Eso sí, la punta es toda para Hélder Postiga, clásico de las colecciones de cromos de antaño, y que marcó dos goles para llevarse una merecida victoria. Que, por desgracia, no pude celebrar como se merecía: pese a lo glorioso de un elefante marcando un doblete (y lesionándose de gravedad justo al marcar el segundo), tuve que compartir la tristeza de Materazzi y toda una ciudad que a cada gol (propio o ajeno) lanzaba fuegos artificiales dentro y alrededor del estadio.
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