Month: October 2015

Lideresa tamil

Como cada mañana de los días laborables pares, atravieso en moto la ciudad de Chennai para acudir a la Universidad de Madrás, ubicada justo frente a la portentosa Marina Beach. Debo recorrer 6 kilómetros de jungla de asfalto y unos 4 kilómetros de paseo marítimo hasta llegar al campus construido allá por el siglo XIX, en un estilo indo-sarraceno con influencia bizantina (afirman mis compañeros de departamento; yo sería solo capaz de decir que tiene arcos y me recuerda a películas extravagantes ambientadas en periodo colonial). El Departamento de Francés y Otras Lenguas Extranjeras se ubica en un pequeño edificio de dos plantas, casi escondido entre construcciones más grandes.

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Marina Beach, playa y desierto

Lo primero que uno se encuentra al visitarlo es un póster de Romano Prodi, ex-presidente italiano que estuvo allí para inaugurar una clase con pizarra electrónica y aire acondicionado (presumiblemente ‘roto’ desde hace cuatro años) financiada por el gobierno italiano y bautizada como sala Pirandello. Una rivalidad que en estos días podía calificarse de motociclista se estableció gracias a Prodi entre italiano y español en mi departamento: pese a contar con muchos más estudiantes, la clase de español se ve relegada desde hace años a un aula minúscula sin proyector; la profesora de italiano sonríe al saber que pase lo que pase siempre contará con la clase buena. Conviértase esto en oficial petición a nuestro presidente, que seguro que estará al tanto de este blog: Mariano, te necesitamos en Chennai.

El departamento consta de 4 aulas, una secretaría, una reducida biblioteca y un estudio para los profesores. Dicho estudio, situado en el piso de arriba, está dividido en dos espacios: uno para los profesores que cuenta con dos ordenadores y una mesa bastante grande, y otro para la jefa de departamento; los separa una pared acristalada. De todo el edificio, solo esta última está dotada de aire acondicionado. No es infrecuente que se empañe el cristal separador, y que el resto de profesores lo veamos sentados en la mesa, mientras una gota de sudor resbala por nuestras mejillas.

En algún momento de la mañana se oyen tres bocinazos de un coche. En nunca más de 15 segundos Baskar, encantador administrativo y chico-de-los-recados de 40 años, acude a todo correr al estudio de la jefa de departamento para encender el aire acondicionado a máxima potencia. Inmediatamente después sale disparado hacia el pasillo y se lanza escaleras abajo. En el coche aguarda Chitra, mujer de unos 60 años, con las ventanillas subidas. Baskar abre la puerta del vehículo desde fuera y Chitra sale, avanza con pasos cortitos y va subiendo escalón a escalón, muy despacio. Cuando llega al estudio, Baskar la adelanta y abre la puerta de su despacho, ya razonablemente frío.

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Puerta principal de la Universidad de Madrás

Todavía recuerdo el día de mi llegada, cuando se me condujo a ese lugar que siempre está a unos 17 grados y en el que Chitra se mostró encantadora. Nada más entrar vi una foto de Prodi y ella, bien colocada en un estante. Hablamos durante prácticamente una hora y media; a los diez minutos de empezar la conversación Chitra llamó a secretaría; alguien vino, y Chitra reclamó que Baskar se presentara inmediatamente ante ella. Menos de dos minutos después Baskar se presentó y la jefa comenzó, cambiando el tono de su voz y su gesticulación, a gritar enrabietada en lengua tamil mientras Baskar sonreía tembloroso y cabeceaba sin pausa. En cuanto terminó su bronca (cuyo motivo nunca llegué a conocer), se giró hacia mí, volvió a cambiar el tono de voz excusándose por que tuviera que presenciar el conflicto, y me preguntó si quería un té. Asentí aturdido y de nuevo Chitra se volvió hacia Baskar y con el mismo tono de antes dijo algunas palabras de las que solo pude entender “chai”. Como puede imaginarse, no tardó mucho en llegar la bandeja con dos tés calientes, muy buenos y adecuados para la temperatura gélida en la que estábamos. Mientras esperábamos las bebidas, Chitra me fue explicando que el grito y la agresividad son muchas veces las únicas maneras en que una puede ser respetada en India como mujer y como jefa. Así pues, grito pelado y carácter resoluto. Volvió a excusarse de nuevo por la escenita y me preguntó tranquila por mi vuelo a Chennai.

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Jayalalithaa y el pueblo

En una sociedad fuertemente discriminatoria de la mujer, hay otro ejemplo de liderazgo femenino que linda casi con una idolatría que Pablo Casado podría calificar de populismo bolivariano extremo. La presidenta del estado de Tamil Nadu (cuya capital es Chennai) es Jayalalithaa, con a sus espaldas una ya larguísima carrera política. Precursora de Schwarzenegger, Jayalalithaa fue en sus inicios una estrella del cine indio que en 1984 entró en política y en 1991 se convirtió en chief minister de Tamil Nadu. Hasta el día de hoy, lo ha sido en cinco periodos diferentes, à la Berlusconi, y sigue siéndolo actualmente.

A finales del siglo XX fue imputada por enriquecimiento personal ilícito durante su periodo de gobierno entre 1991 y 1996. La noticia no tiene desperdicio; en 1997 registraron el jardín de su casa y encontraron unas cuantas cosas que transcribo tal cual:

A raid in her Poes garden residence in 1997 recovered 800 kg (1,800 lb) silver, 28 kg (62 lb) gold, 750 pairs of shoes, 10,500 sarees, 91 watches and other valuables.

Esto, junto a una fortuna incalculable y fiscalmente injustificable dio inicio a un proceso judicial que se alargó hasta 18 años, trasladado de Tamil Nadu a Karakata y Bangalore para evitar interferencias políticas en el mismo. Hasta dos veces tuvo la presidenta que dejar su cargo, siendo el primer caso en la historia de la democracia india en que el presidente de un estado se encontraba en tesitura semejante. El día de mayor tensión fue el 27 de septiembre de 2014, cuando por fin salió una resolución oficial en Bangalore. Tamil Nadu entero estaba expectante, y la resolución, programada para las 11 de la mañana, no se produjo hasta las 5 de la tarde. Jayalalithaa fue condenada a cuatro años de prisión y a pagar mil millones de rupias (unos 135 millones de euros). La población de Tamil Nadu, devota de Jayalalithaa, se agitó y comenzaron unos disturbios bastante graves. El periódico The Times of India (enlace aquí) informa de que un mínimo de 16 personas murió a raíz de la publicación de la noticia. Tres personas se ahorcaron, un seguidor del partido de Jayalalithaa se autoinmoló quemándose vivo, otro saltó a las ruedas de un autobús y otro más usó veneno para acabar con su vida. Esa misma tarde se registraron hasta 10 muertes por paro cardiaco muy posiblemente relacionado con la difusión de la noticia, según declaraciones de las autoridades.

Si el juzgado de Bengalore la declaró culpable, el de Karnakata (otro estado indio) la absolvió de todos los cargos el 11 de mayo de 2015; dicha resolución prevaleció sobre la anterior, que fue anulada a todos los efectos, por lo que Jayalalithaa fue liberada de la cárcel y volvió a poder participar activamente en la vida política. El 23 de mayo, menos de dos semanas después, volvió a su lugar predilecto, y hasta el día de hoy sigue ocupando la presidencia de Tamil Nadu. Ahí es nada.

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Cementerio de elefantes

IMG_0352 (1)Cuenta la leyenda que el omnipotente Shiva dejó preñada a la diosa Parvati y se marchó de casa durante una temporada. Al volver, años después, quiso entrar de nuevo en su mansión, pero un decidido guardián se lo impidió siguiendo la orden de no permitir el paso a extraños. No acostumbrado a recibir un no por respuesta, Shiva se enfrentó al guardián y le cortó la cabeza de cuajo. Parvati, mientras tanto, se estaba dando un baño y no oyó nada, pero cuando salió y descubrió a su hijo partido en dos en el suelo estalló en llanto y le echó una mirada asesina a Shiva, dándose cuenta este de que el guardián era, efectivamente, su propio hijo. Resuelto a arreglar el desaguisado, Shiva improvisó este juramento: “nuestro hijo debe vivir, y recibirá la cabeza del primer ser vivo que encuentre”. Un elefante pasaba por ahí, y el dios Ganesh recibió tan amado don en forma de orejas y probóscide elefantíacas.

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La madre de Tutsi no le enseñó la técnica del enjuague.

También la vida de los dioses de aquí se antoja dura y abierta en carnes, pero nadie lo dice ni lo representa: la gente se limita a aceptar con alegría al pobre Ganesh y a adorarlo en todas partes (resulta difícil subirse a un rickshaw sin encontrar una pegatina suya). No son pocos los locales que colocan un Ganesh -más grande o pequeño- en la puerta asignándole el rol de guardián y símbolo de buen agüero, y todavía no he conseguido imprimir un documento en alguna tienda cuyo ordenador no tenga a Ganesh como fondo de pantalla (vale, he ido solo a tres, pero la cosa asusta).  Hace unas semanas se celebró el día anual de Ganesh en Chennai, y su gigantesca segunda mayor playa del mundo, Marina Beach, se llenó de millares de personas (las autoridades afirmaron que unas 100.000 personas asistieron al evento; los organizadores, algo más de dos millones), y cada uno llevaba un pequeño ídolo con trompa hecho en barro, y cada uno, con su ídolo elevado sobre su cabeza, se introdujo en el mar hasta la cintura y depositó el ídolo que, previsiblemente, en poco tiempo se desharía y se sumaría a las arenas del océano. No faltó gente que lanzara miradas censuradoras a aquellos que, queriendo adorar más y mejor, habían fabricado o comprado ídolos de barro con adornos de plata, no tan digeribles por las aguas saladas.

The_Elephant_Man-492972180-largeTanto contrasta un templo de Ganesh y una iglesia con Jesucristo sufridor como el hombre elefante indio y el occidental: uno es abierto, luminoso y sonriente, el otro oscuro, lleno de llagas y reservado. A uno lo celebra todo quisqui con pinturas, música y estatuillas, del otro ya se encarga David Lynch de colocarlo en una sociedad que necesita ver lo más bajo de sí misma para levantarse purificada al día siguiente. Frederick Treves, autor del relato “The Elephant Man” en que se basa la película, describe cómo una inocente y joven enfermera entra por primera vez en la habitación del paciente John Merrick, quien sufre de elefantiasis, sin haber sido advertida de la situación. “As she entered the room she saw on the bed, propped up by white pillows, a monstrous figure as hideous as an Indian idol”. Del susto la enfermera tira el desayuno de John por los aires y echa a correr escaleras abajo. Quizá otros ídolos indios sean tanto o más inquietantes y desagradables. Sin embargo, y pese a los cuatro (o más) brazos de Ganesh y su poco atractiva combinación animal, la comparación parece algo descompensada.

Ganesh y John Merrick parecían fenómenos bien distantes el uno del otro, pero no tuve que esperar mucho hasta encontrar un puente entre ellos: el espectáculo del capital. Pocos días antes de la celebración del Dios con Trompa estuve de visita en Puducherry, excolonia francesa y oasis de occidentalización (alcohol, cigarrillos y hippies autogestionados lo pueblan), y acudí a un famoso templo dedicado a Ganesh, el Arulmigu Manakula Vinayagar (quien lo pueda memorizar a la primera, que venga a vivir conmigo y sea mi lazarillo lingüístico). Allí encontré al famoso elefante Lakshmi justo enfrente del acceso al recinto para bendecir a los fieles en vistas de la cercanía del festival; pude ver con asombro cómo la vieja bestia colocaba su babosa trompa sobre la cabeza de todo aquel que, previamente, hubiera depositado algo en esa misma trompa habilidosa. Lo que al principio creí que eran cacahuetes se demostraron buenos billetes que Lakshmi almacenaba en la punta de su probóscide y, con ellos bien agarrados, sus rupiosas babas se depositaban en el cuero cabelludo de cada cual. Era capaz de acumular hasta 10 o 12 billetes antes de llevar su trompa a manos de su amo, que recogía el dinero de manera mecánica. Dos turistas, probablemente escandinavos, se colocaron frente a Lakshmi sin haberse percatado del tema económico y esperaron la bendición, que no llegaba. Sacaron unos cacahuetes, miraron al domador que asintió y se los dieron a Lakshmi, que se los comió pero siguió en sus trece de bendecir a gentes que realmente lo merecieran. Cuando los turistas se percataron de lo que sucedía, aportaron sus dos billetes y recibieron la bendición. Pese a que la trompa de Lakshmi estaba en ese momento vacía, el animal decidió depositar los billetes justo después de bendecirlos en una demostración del claro triunfo de su sistema educativo.

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                           El elefante blessucón

Cuando ya creía yo que los elefantes no daban más de sí, una nueva manada se cruzó en mi camino. Todo empezó el segundo día de mi llegada, cuando se me ofreció ir al partido de fútbol inaugural de la ‘Indian Hero Soccer League’ entre Chennai y Kolkata, siempre que estuviera dispuesto a animar al equipo local. Sin saber muy bien qué estaba diciendo, dije que por supuesto. Casi un mes después, y ya casi habiéndome olvidado del asunto, fue hora de ir a ver no un partido cualquiera, sino el Chennaiyin F.C.-Atlético de Kolkata (los equipos se escriben tal que así en indio, sí, con tilde y todo). El entrenador del equipo local es Materazzi (el año pasado fue jugador-entrenador, y yo que me lo perdí). Entre sus grandes estrellas, Alessandro Potenza, Manuele Blasi, el francés Mendi o su crack brasileño y cojo, Elano. Enfrente, un equipo que viste de rojiblanco con pantalones azules y que tiene por entrenador al poco indio Antonio López Habas, con a sus órdenes jugadores tan indios y jóvenes como Josemi, Borja, Juan Calatayud o Javi Lara. Eso sí, la punta es toda para Hélder Postiga, clásico de las colecciones de cromos de antaño, y que marcó dos goles para llevarse una merecida victoria. Que, por desgracia, no pude celebrar como se merecía: pese a lo glorioso de un elefante marcando un doblete (y lesionándose de gravedad justo al marcar el segundo), tuve que compartir la tristeza de Materazzi y toda una ciudad que a cada gol (propio o ajeno) lanzaba fuegos artificiales dentro y alrededor del estadio.
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