Tutsi y el Bobote

El tráfico de Chennai se me presenta apocalíptico nada más aterrizar y coger el primer taxi de camino a mi nueva casa. Ni los mejores años de Nápoles superan, me parece, el caos de estas calles, como demuestra el hombre que, seis días después, trajo desde el aeropuerto en un pequeño ciclomotor, atadas con una cuerda minúscula, dos enormes maletas que resultaron ser una mía y otra del valenciano que viajó conmigo, y cuyo nombre estaba claramente escrito sobre el embalado, para sorpresa mayúscula del repartidor (mi segunda maleta llegó, también en motocicleta, pocas horas después).

              Kal significa ‘ayer’ y ‘mañana’ en hindi

Un ternero nació tres meses atrás en la misma calle en la que vivo, y está siempre tumbado (durante el día) o dándose paseos (durante la tarde-noche) por el asfalto. Solo dos días después de mi llegada, con camisa y pantalones indios, lo saludo mientras cojo un taxi en dirección al Gymkhana Club, lugar reservado para la élite de Chennai, legado de los británicos, adonde, justo hasta la independencia india, solo blancos bienestantes podían acceder. Mi jefa de departamento me ha convocado allí para reunirme con la embajadora de México y hablar de los proyectos que los mexicanos pretenden organizar con la Universidad de Madrás. La embajadora se muestra encantadora, y propone que se organicen (o que yo organice, y he ahí el quid de mi presencia, descubro por fin aliviado) un festival de cine anual y una exposición fotográfica de Octavio Paz con colaboración de los alumnos. La cena, sin embargo, se alarga y se llena de poshtureo; se pasa a hablar de política india, de la que desconozco absolutamente todo (apenas he tenido tiempo de aprenderme el nombre de mi barrio, Thiruvanmiyur, y de la cercana Vannanthurai Junction, para conseguir que los taxis sean capaces de llegar hasta mi casa. O que lo intenten). Con cara de circunstancias asiento, me finjo interesado y recurro a mi estatus de recién llegado para preguntar por la comida que nos van sirviendo. Asisto fascinado -y despavorido- a una escena costumbrista de la alta sociedad india, sentado en un salón en el que solo se acepta a gente con camisa occidental, está prohibido hablar por el móvil y los camareros van vestidos de punta en blanco como marineros (sí, con su gorrito marinero bien puesto, también). Mientras alguno de los asistentes habla de Kerala y de su ideología comunista, me fijo en una pareja sentada en la mesa de enfrente. Ambos están muy arreglados, indios de unos 55 o 60 años. Él recibe un cuenco con algo de comer, introduce la mano en dicho cuenco y comienza a llevarse lo que parece una sopa densa a la boca, una y otra vez, satisfecho pero a la vez manteniendo una pose de grandilocuente rectitud digna del Club. Un hilo cuelga siempre de su mano en su camino hacia arriba, y a medida que se multiplican esos trayectos se va ensuciando cada vez más su indio bigote. Una vez ha terminado de comer, recurre a otro cuenco lleno de agua en el que sumerge la mano y va limpiando su boca y manchados alrededores como si de un suelo se tratase, y su mano la fregona que vuelve frecuentemente al cubo para enjuagarse.

Si las élites parecen pasárselo pipa en sus clubs con piscina y se meten con sorna con la ineficiencia del indio medio, las autoridades gubernamentales construyen un aparato burocrático al que ya me advierten de que me tendré que enfrentar en un duelo a vida o muerte.

IMG_0333                      Tutsi también se enjuaga

Mi siguiente paso, previo saludo al ternero llamado Tutsi tumbado frente a la puerta de mi casa, fue poner rumbo a la Oficina de Inmigración, donde es obligatorio registrar mi visado de recién llegado. Allí, gritando desesperado en español en una ventanilla, me encontré a Bobote, artista flamenco que, me explicó, estaba de gira en Chennai con un visado de trabajo-artista. Tiene previsto actuar en seis ciudades, siendo Chennai la primera, y un funcionario le acaba de decir que no solamente tendrá que personarse en las Oficinas de las seis ciudades; también deberá repetir al día siguiente en la de Chennai, ya que le falta un documento. Bobote se desboca, pero otra chica española que lo acompaña lo tranquiliza y acaban ambos sentados y expectantes. Al final, más que ayudarnos compartimos frustración ya que los tres nos marchamos de allí sin lo que necesitábamos y con dos citas: una con la Oficina de Inmigración, otra con la fusión de flamenco y kathak al día siguiente.

bobote2                               Bobote más friend

Bobote forma parte de Torobaka, un espectáculo con el bailaor Israel Galván y el aquí celebérrimo bailarín indio Akram Khan. El show, muy interesante, revela las raíces en común entre este tipo de danza clásica india y el flamenco, debidas a la migración gitana. En la sala de conciertos, moderna y bastante amplia, un apabullante porcentaje de blancos poblaba las butacas. Hasta me encontré con tres personas que me habían presentado casualmente una semana atrás, dos franceses y un indio. Y es que esta ciudad de 9 millones de habitantes, me anuncian los europeos más veteranos de aquí, se convierte en una pequeña aldea a las primeras de cambio. El parecido entre esa sala de conciertos y el Gymkhana Club es más fuerte de lo que podría creerse. No solamente minorías menos campechanas los visitan; también hay una prohibición común: el uso de móviles. Lástima que en la sala de conciertos no hubiera marineros que vigilaran: en pleno zapateado del Bobote, un móvil sonó, y me temí la peor reacción que ya había presenciado el día anterior. Por fortuna, pies y manos del Bobote siguieron su curso.

2 comments

  1. Dos dudas:

    1. ¿Festival de cine… mexicano, indio, español?**
    2. ¿Te has hecho amigo de Bobote?

    Disfruta mucho y sigue contándonos, que gusta mucho leerte.

    **Conocimos a un español en Alemania que organizó en su universidad un “ciclo de cine en español”.
    La primera película: “Gladiator”.
    Doblada, se justificaba él.

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    1. El festival lo quieren mexicano, aunque se me olvidó preguntar si Gladiator con doblaje sudamericano podría ser válido: ofrece acento mexicano, ambientación española y héroe ‘Hispano’, todo muy políticamente correcto. Lo veo.

      Respecto al Bobote, la cosa se queda en fan-estrella del rock. Lo que pudimos ser y no fuimos, esa foto de colegueo gitano.

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